Crítica

Crítica: Los amantes del Pont-Neuf de Leos Carax

«Los amantes del Pont-Neuf», una de las películas más emblemáticas de Leos Carax se exhibe en salas de cine de México en una nueva restauración.

Cuando ser amado es ser visto

Por Mauricio Guerrero

«Cruza el amor,
Cruza el amor,
Por el puente.

Usa el amor,
Usa el amor,
Como un puente».
Puente, Gustavo Cerati.

La mirada es, en varios sentidos, una de las grandes fuerzas del cine. Ver cine es un acto presente donde lo que está frente a nuestros ojos está existiendo por primera vez. Pero la mirada no solo es algo que encausa al encuadre o la vista del espectador, también nos brinda la perspectiva de un personaje, le da sentido a lo que observamos. 

Es la mirada la que guía de muchas maneras al clásico de Leos Carax, Los amantes de Pont-Neuf (1991), una historia de amor improbable en un lugar impredecible. Filmada en París durante los albores del bicentenario de la revolución francesa, fue en su momento la obra más costosa de Francia, atropellada por un sinfín de retrasos, un actor herido y la engorrosa construcción de un set que simulaba al puente más antiguo de París. Una cinta que, contra todo pronóstico, ayudó a consolidar la carrera de su director y sus protagonistas. 

La triada que Carax formó con su alter ego, Denise Lavant y la siempre espléndida Juliette Binoche, pasó a la historia como un clásico de culto que tenemos oportunidad de revisitar gracias una restauración en 4k hecha a partir de los negativos originales. Ahí conocemos a Alex, un artista callejero que vive en Pont-Neuf, y a Michèle, una pintora medio ciega que escapa de su pasado.

Desde el inicio, Carax nos muestra que el acto de mirar, tanto desde su perspectiva, como de sus personajes, tendrá un peso importante. Cuando Michèle ve por primera vez a Alex, este le ignora por completo. Poco después, Alex ve a Michèle por primera vez mientras duerme, revisa sus cosas y encuentra una pintura que ella ha hecho de él tras verlo brevemente tirado en el piso. 

Durante el resto de la cinta, este par deambula por las calles, beben, viajan, roban, se cuidan, se observan. Poco a poco sus miradas se encuentran y forman un lenguaje, un mundo propio que solo ellos habitan, donde únicamente existe el otro y donde uno existe al ser visto. 

El cineasta elige cuidadosamente las piezas que constituyen su mirada fílmica, revisita el clásico de Jean Vigo, El Atalante (1934), que también trata de dos amantes y de la cual beben muchas de las postales-miradas de Pont-Neuf: cuando Alex yace en el piso restregando su cara en el concreto al igual que Jean en la nieve o cuando este posa con su esposa Juliette en la punta del barco al igual que Alex y Michèle, una imagen que llegó al imaginario colectivo gracias a Titanic (Cameron, 1997), pero que ya existía en las miradas de Carax y de Vigo, un diálogo que forma un puente entre la época del realismo poético francés y el cine contemporáneo.

El realizador, a su vez, propicia que la mirada sea una pieza angular en la vida de sus protagonistas. Michèle, que se está quedando ciega, le pide a Hans, un viejo que vive con ellos en el puente y que recuerda al tío Jules del Atalante, que la lleve a ver un cuadro de Rembrant antes de que pierda por completo la vista, pues quiere apreciar una última vez esa imagen que deambula por su cabeza y que le conmueve en lo más profundo. 

«Para Carax, que ya había sido partícipe de encuentros fortuitos entre dos desamparados en Chico conoce chica (1984) y Mala sangre (1986), Pont-Neuf es una declaración: ser amado es ser visto».

De igual modo, comienza a depender para todo de su acompañante, a quien le recita: «cuando mi vista se vaya, y tú sabes que no falta mucho, quiero que tu rostro sea la última imagen que vea». Es el perder esa capacidad de observar una metáfora en el deterioro de su salud emocional y la razón por la que huyó de su padre, un militar, y de un viejo amor que la rechaza firmemente. 

Por su parte, Alex se siente observado cuando ve los retratos que Michèle le hace y se pregunta, ¿quién es esta desconocida que ha visto dentro de mí? Ya avanzada su relación, encuentra unos carteles que anuncian a una joven extraviada. Tras verlos por un tiempo se da cuenta que es Michèle, pero la fotografía es de mucho antes de que llegara al puente, así que no la reconoce y le aterra ¿Quién es esta persona? ¿Si la Michèle que conozco recupera su vista me va a dejar? Desesperado, decide quemarlos todos y termina, sin querer, con la vida de un hombre, ocasionando su encierro. 

Pasan los años y no vuelven a verse hasta que Michèle llega a visitarlo a prisión, totalmente repuesta de su visión gracias a una cirugía experimental. Una vez más, la mirada los hace reconocerse y existe entre ellos otra revelación: se están viendo de nuevo por primera vez. Sostienen una conversación que termina en la promesa de volver al puente que les dio asilo, para reconocerse de nuevo por tercera vez. 

Para Carax, que ya había sido partícipe de encuentros fortuitos entre dos desamparados en Chico conoce chica (1984) y Mala sangre (1986), Pont-Neuf es una declaración: ser amado es ser visto, es ser reconocido por el otro. La singular poética de esta película no solo recae en la pulcra fotografía de Jean-Yves Escoffier, sino en el paralelo que genera entre la imagen del puente y el acto de mirar, como dos cosas que unen un punto con otro. Al final, qué es la mirada sino un puente entre dos almas.

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