Crítica

Crítica: Cobre de Nicolás Pereda

La película más reciente de Nicolás Pereda encuentra en la repetición una originalidad y profundidad pocas veces vista en el cine contemporáneo.

Repetición y encuentro

Por César Mariano

Recuerdo muy bien una clase de pintura en la Facultad donde una compañera se negó a continuar un proyecto ya empezado por temor a “repetirse”. Ante tal postura, nuestra profesora respondió que su argumento era, por decir lo menos, ridículo. Se hubiera entendido una preocupación similar si llevara ya diez o quince años sobre el mismo tema y, aún así, eso quedaría en tela de juicio. Entonces nos presentó a Giorgio Morandi, pintor italiano del siglo XX que, en un ingenuo primer acercamiento a su obra, podría decirse “pintó el mismo cuadro toda su vida”. Sus bodegones de vasos, botellas y jarrones presentados una y otra vez con distintos motivos, representan un cuerpo de trabajo que mostró rigor y experimentación sobre una cotidianidad que le interesaba y que, a simple vista, pudiera haberse agotado fácilmente. Mientras veía Cobre (2025), el más reciente largometraje de Nicolás Pereda, estrenado en salas hace solo unas semanas, no pude dejar de pensar en que el cineasta mexicano cada vez estaba más cerca al rigor estético del pintor italiano.


Al igual que Morandi, la obra de Pereda podría ser catalogada de reiterativa. No es ninguna novedad que, desde su debut como director con ¿Dónde están sus historias? (2007) muy pocas cosas han cambiado en su estilo. La cámara fija, los planos extendidos, la insistencia en los temas cotidianos, la disección entre ficción y realidad y un elenco de cabecera con el que ha crecido: las Lagartijas tiradas al sol. La cosa, aquí, se hace más evidente, pero si le rascamos un poco, podremos encontrar en cualquier autor una vuelta constante a temas e intereses —por no decir vicios—, que no siempre se muestran a simple vista. ¿Pero qué hace que un cineasta se mantenga vigente? Para cada quien será distinto. Desde los riesgos que esté dispuesto a tomar hasta la forma en que amplíe o cuestione su visión del mundo. Nunca es tan simple. En una conferencia de prensa del pasado Festival Internacional de Cine de Cannes, Pedro Almodóvar expresó sentirse “harto de sí mismo”, dejando en claro que, después de Amarga Navidad (2026), inconsistente filme culmine de su propia exploración personal, su cine debía virar en una dirección completamente distinta. Y una declaración de ese tipo, viniendo de uno de los cineastas más importantes de habla hispana de las últimas décadas, deja al paso una serie de interrogantes respecto a la novedad, la madurez e iteración con las que, de alguna manera, el cuerpo de trabajo de Pereda dialogan.

 Su cine se transita como un camino conocido. Una ruta que, cada vez que se reencuentra, parece no tener novedades. Pero la repetición es un arma de doble filo. Nada que suceda dos veces lo hace de la misma manera. Cuando se observa con rigor y meticulosidad algo que parecía ya conocido, los detalles se vuelven cada vez más desconcertantes y nuevos misterios salen a flote. Cobre, al igual que la anterior Lázaro de noche (2024), parecen inaugurar una nueva etapa en la filmografía de Pereda que, desde Fauna (2021) ya se empezaba a vislumbrar. En primer lugar, el humor, que se ha hecho cada vez más incisivo y absurdo. Lo que en un inicio era solamente incómodo o extraño —aunque por ello no dejaba de ser gracioso— en Juntos (2009) o Los mejores temas (2012), aquí se transforma para develar una forma más sutil de encauzar los problemas que les suceden a los personajes. 

La película empieza con Lázaro (un siempre brillante y cada vez más complejo Lázaro G. Rodríguez), quien pareciera estar a punto de inaugurar un misterio en torno a un cuerpo muerto que se ha encontrado en la carretera, de camino a su trabajo en la mina. En un plano anterior, vemos a Lázaro enfundado en el casco de su moto mientras avanza y una música estridente lo acompaña. Pereda decide tomar los tópicos del thriller y suspenderlos. Lo que se verá a continuación no es el cambio de vida que esperaríamos le suceda a él y a quienes le rodean a causa de este hecho, sino por el contrario, cómo su día a día transcurre entre nimiedades, temas que empiezan pero no acaban —o al menos nosotros ya no conocemos— y simplezas que parecen pura gratuidad. La burbuja sin reventar de posibilidades en la que flotan, no les preocupa más allá de ciertas incomodidades que les generan y a las que se sobreponen. 

Y es ahí donde mayor frescura encuentra Cobre. El modelo de producción con el que el director mexicano ha trabajado desde hace casi 20 años es de una audacia total, considerando el estado actual de nuestra industria que, si bien es prolífica, sigue conectada con las formas de hacer cine de Occidente. Los giros de trama, la evolución de los personajes, el rigor técnico. Si observamos los créditos de cualquiera de sus películas, vemos la insistencia con la que ha prescindido de departamentos tan importantes en otras producciones como lo son continuidad, el diseño de producción, el vestuario o la música (que aquí, la pieza única ya referida al principio, está hecha por el propio Pereda). Pero más que una negligencia o consecuencia de un modelo de producción precario, es una vuelta magnífica y casi olvidada a lo esencial: imagen, sonido y palabra. Como el propio Pereda lo ha expresado en entrevistas, su cine está más cercano a las formas de lo experimental que de la ficción tradicional. Similar a lo que en su momento hizo Chantal Akerman o ahora siguen haciendo Tsai Min-liang o Angela Schanelec. Y eso es lo que hace que un largometraje como Cobre sea tan valioso, pues demuestra que solo bastan ciertos impulsos para contar historias. Que los personajes no necesariamente necesitan desentrañar enigmas, ni vivir vidas extraordinarias, que la sola presencia y persistencia de los ritos cotidianos, sean estos el trabajo en una mina o en una oficina o desde casa, tienen la valía suficiente para que seamos testigos de ellos.

«Y eso es lo que las cintas de Pereda han hecho a lo largo del tiempo: observar la realidad desde un centro en el que el tiempo transcurre sin novedad aparente, pero que a su paso revela los mecanismos íntimos que la constituyen».

Lázaro se pasa toda la película hablando del trabajo —de su deseo de poder rendir mejor, ya que una afectación en sus pulmones por estar expuesto prolongadamente a la mina, no se lo permite— pero nunca lo vemos trabajar. En cambio, hay planos distendidos de él comiendo una y otra vez. Y es en ese foco de lo prescindible donde para Pereda sucede lo más importante. En todas las acciones que, en una historia tradicional se omitirían por “innecesarias”, por no estar cargadas de un significado ulterior que altere el rumbo de los acontecimientos. Lázaro es un protagonista cínico, mojigato, perdido y, sin embargo, lo que encontramos fascinante en él es su imbatible capacidad de no ver más que por sí mismo. No hay evolución ni deseo de esta. Y es en esos lineamientos que la ficción dentro de la ficción crea para sus personajes nuevas formas de reivindicar sus vidas y decisiones, de justificar su pasividad y desconexión. En una de las conversaciones más interesantes del filme, a propósito de un encuentro que sucederá más adelante, Lázaro, Teresa y Rosa intercambian papeles y hablan de sí mismos como otros. Se permiten modificar e inventar sus vidas a conveniencia. No porque estén verdaderamente insatisfechos, sino porque se esconde entre líneas un placer secreto de dejar que el mundo a su alrededor se modifique. Y eso es lo que las cintas de Pereda han hecho a lo largo del tiempo: observar la realidad desde un centro en el que el tiempo transcurre sin novedad aparente, pero que a su paso revela los mecanismos íntimos que la constituyen, dotándola de una profundidad que rara vez aflora en la superficie.

Artistas como Morandi y Pereda siempre serán importantes porque nos recuerdan algo que hoy en día hemos dejado casi olvidado: nuestra capacidad de observar el mundo, de diseccionar sus contrastes y aristas, de hallar en lo que se conoce y se repite un nuevo encuentro: el enigma de una mesa puesta, una naranja que se come, la textura de un jarrón, un pedal de bronce o una mina de cobre que jamás se ve. La belleza de saber que basta con detener la mirada un momento para descubrir en el horizonte conocido otro tipo de sucesos.


Cobre se encuentra aún disponible en salas de la Cineteca Nacional y Cine Tonalá. 

Agradecimientos especiales a Claudia Gallegos, pintora y maestra que inspiró el inicio de este texto y a Erick Estrada, por su entrevista realizada a Nicolás Pereda en el marco del FICM 2024.

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