Columnas

Cobertura Festival de Cine de Morelia 2020

por Axl Flores

El Festival de cine de Morelia terminó hace algunos días, 18 ediciones y esta es la primera a la que «asisto» y de la que escribo. Cada vez se vuelve más normal esto de los festivales híbridos y ya hasta en un tuit de Cinépolis, la organización de este evento dio una posible esperanza para que este formato se mantenga, dudo mucho que sea tan fácil, pero habrá que esperar.

Dentro de lo que cabe, la edición digital del FICM resultó más que interesante. En ella se pudieron ver casi todos los títulos de la selección oficial, algunos otros que seleccionó la Semana de la Crítica del Festival de Cannes y varios estrenos de películas internacionales. De entre tantas películas por ver y comentar, comienzo precisamente con uno de estos últimos: Berlin Alexanderplatz (2020) de Burnhan Qurbani.

En esta nueva adaptación de la novela de Alfred Döblin que sucede en el Berlín multicultural de la actualidad, todo responde a una postura política que mira con muchas dudas la aceptación de los refugiados en la sociedad alemana. En esta ocasión el personaje principal ya no se llama originalmente Franz Biberkopf, sino Francis y es un refugiado africano que está en busca de realizar lo que después él mismo llamará el sueño alemán.

Desde el inicio de la película se tiene la impresión de que se está ante un proyecto muy ambicioso. La extensa duración, los cambios en los puntos de vista de la narración —un mérito que viene desde la novela misma—, la estética pulcramente abigarrada de colores neón lo comprueban, sin embargo, es en su conclusión en donde pierde cualquier atisbo de denuncia para proponer una suerte de resignación. La muerte acecha cada instante, pero siempre puede haber un milagro salvador, pues si en la novela original la vida de Franz culmina con un «ya no queda nada interesante que contar», Qurbani es menos pesimista y brinda un futuro con esperanza cuando en casi toda la película remarcó la imposibilidad de esto.

Por ejemplo, en un momento de la película el protagonista grita con gran euforia en medio de un discurso: “llámenme recién llegado o inmigrante, pero no refugiado… yo soy Alemania”, mientras es casi como un esclavo para Reinhold, un hombre blanco psicópata quien lo usa para escalar puestos en la mafia alemana. Hay una escena en la que gracias a una fiesta de disfraces se hace patente la relación de opresión que para Francis parece ser amistad.  

Si bien la premisa de Berlin Alexanderplatz es fácilmente entendible, al postular que la Alemania contemporánea y progresista está tan mal preparada para dar una vida digna a los refugiados que acoge, tal como si se tratara de la extinta República de Weimar, hay algo en ella que pierde mucho en comparación con el Berlin Alexanderplatz (1980) de Fassbinder y es que a Fassbinder se le tachó de homosexual, pervertido y corruptor, pero nunca de pusilánime o conservador, cada película suya es casi un ataque de furia. Precisamente furia es lo que tal vez faltó en la estilizada e ilustrativa narrativa de Qurbani.

Fotograma de Berlin Alexanderplatz (2020)
Fotograma de Berlin Alexanderplatz (2020)

Preguntas para el cine mexicano

La competencia oficial del festival, dedicada exclusivamente a cine mexicano, es siempre casi como un desfile de las películas que por una u otra razón se comentarán en los próximos meses. Para muestra lo que ha sucedido con las últimas cintas premiadas en él, cuyo impulso las ha llevado hasta competir en la carrera por el Oscar.

En esta edición el punto fuerte se presentó en la competencia de largometrajes de ficción, en particular por tres películas. No es que los documentales no hayan sido interesantes, sino que la mayoría se desarrolla en las propuestas estéticas y políticas ya habituales en el cine mexicano contemporáneo, para muestra de ello una cinta como Las flores de la noche (2020) de Omar Robles y Eduardo Esquivel, aunque la presencia de películas como 499 (2020) de Rodrigo Reyes y Non Western (2020) de Laura Plancarte resultó intrigante.  

La representación y visibilización ha sido en lo últimos años el tema a discutir en el cine mexicano y en el mundo. La violencia que afecta al país desde hace varios años ha sido representada mediante diferentes géneros y propuestas estéticas, este año tres películas pusieron el centro de su atención en las consecuencias de la que el expresidente de México Felipe Calderón denominó la guerra contra el narco, lo interesante en ellas no es tanto la elección de la temática sino la implementación de ella, que da unas pistas de lo que vendrá en el cine mexicano.

En Sin señas particulares, Magdalena (Mercedes Hernández) busca a su hijo desaparecido. Su búsqueda se convierte en un éxodo en el que la invisibilidad institucional y una realidad en la que la violencia manda son una prolongación del dolor, este no se manifiesta de forma inmediata ni explícita, sino que va manifestándose en cada visita a la morgue, en cada dato o ubicación que resulta inservible para dar con el paradero de su hijo.

La forma de narrar de Fernanda Valadez es fría, la cinefotografía de Claudia Becerril Bulos mantiene una gran distancia con los sujetos retratados y el tono de la actuación de Mercedes Hernández es solemne, incluso en una de las partes finales en las que se esperaría una explosión de emociones no la hay. En Sin señas particulares se representa una realidad que no se puede solucionar dramáticamente, porque las estructuras de la violencia resultan impenetrables.

A momentos Sin señas particulares me hizo recordar mucho a mi encuentro con una película como Tempestad de Tatiana Huezo. En una escena Magdalena recibe información sobre dónde acudir para preguntar por un autobús desparecido, todo sucede en un baño público, en el encuadre, gracias al reflejo de un espejo, apenas se ven las manos de las dos mujeres que intercambian datos. El esconderse parece tan normal casi como los planos de militares revisando las pertenencias de civiles en el documental citado, algo totalmente desgarrador.

Fotograma de Sin señas particulares (2020)

Esa violencia también es el centro de reflexión de Fuego Adentro (2020) de Jesús María Lozano, una película en la que su puesta en escena da a relucir un bajo presupuesto que solo engrandece los resultados logrados. La acción en esta película es mínima y se debe a los diálogos y movimientos de los protagonistas, Hugo Catalán y Armando Espitia, quienes interpretan a dos hermanos cuya relación con el crimen define su relación sanguínea.

León (Catalán) vive en un pequeño departamento en muy malas condiciones, a través de pequeños flashbacks y conversaciones con su hermano se intuye que esto se debe a que está huyendo del crimen organizado. Los primeros 15 minutos no dan ninguna señal de lo anterior, en un inicio Fuego Adentro parece un film contemplativo que recae completamente en la observación, pero después el cambio es sustancial porque en lugar de pretender observar a la violencia decide hacerla una abstracción, es decir, el reto para el espectador no consiste en verla, sino en que tiene que imaginarla.

En ese sentido, hay un largo diálogo entre los dos hermanos en el que cuentan una serie de crímenes, varias violaciones y la forma en la que uno tuvo que deshacerse de su suegro; pero no se presenta ninguna imagen de esas torturas, sino que todo depende de la oralidad. Si bien eso podría responder al bajo presupuesto ya mencionado, resulta una cara contraria a la apología del narco tan presente en los últimos años en el imaginario audiovisual del espectador mexicano.

Así también sucede en Fauna (2020) de Nicolás Pereda, que con una gran comicidad y experimentación en el ejercicio actoral se convierte en una película que, sin tocar los temas de las dos cintas mexicanas ya comentadas, sí deja algunas reflexiones al respecto. El viaje que realiza la pareja de Luisa (Luisa Pardo) y Francisco (Francisco Barreiro) al hogar de los padres de ella es casi anecdótico, sin embargo, en él reside toda la inventiva tan característica de Pereda —principalmente en Los mejores temas (2012) y Matar extraños (2013)—, en especial por ese tono metaficcional representado en las figuras de Lázaro Gabino Rodríguez, quien interpreta —incluso se podría decir que se interpreta a él mismo— al hermano de Luisa; y las de José Rodríguez López y Teresa Sánchez interpretando a los padres.

Fotograma de Fuego Adentro (2020)
Fotograma de Fauna (2020)

El pueblo en el que se desarrolla la primera parte de la película es casi fantasma, pues no hay más personajes que los cuatro integrantes de la familia y Francisco. En su atmósfera siempre se percibe algo raro, ya sea por la falta de cigarros en una tienda de abarrotes —que da una de las escenas más lúdicas de la película— o porque pese a estar en un encuentro que en el ideal se desarrollaría en las buenas maneras, ningún personaje oculta su incomodidad.

La incomodidad es llevada a su máximo cuando en un bar el personaje del padre le pide a Francisco Barreiro interpretar una de las escenas de la serie Narcos, en la que este tiene un papel secundario. Pese a sus múltiples negativas, Barreiro llega a interpretar el silencio de su personaje en una escena —hasta la próxima temporada tengo diálogos le dice—, solo para después ser obligado a recitar las líneas de otro personaje.

Es a partir de esas representaciones de diálogos donde Pereda se distancia de cualquier discurso narrativo, para en su lugar reflexionar sobre él, posterior a la escena del bar hay un momento en donde Luisa y Teresa ensayan una escena de Sonata de Otoño (Höstsonaten, 1978) de Ingmar Bergman que me hizo recordar a los diálogos de Medida por Medida que recitan Agustina Muñoz y María Villar en Isabella (2020) de Matías Piñeiro, pero si en la película del argentino todo parece producto de una búsqueda formal que hile un relato sobre otro, en Pereda parece un simple juego de interpretaciones, que en la segunda parte del film toma mayor lucidez cuando cada personaje ya no sea uno sino otro procedente de un libro que se encuentra leyendo Gabino y el cual, nunca terminará. Situación que también se podría aplicar a la película misma.          

Más que respuestas o soluciones a temáticas tan discutidas como la representación de la violencia o la apología del crimen, estas tres películas se están haciendo muchas preguntas y aunque cada una vaya por caminos distintos, en ellas se visualiza el futuro del cine mexicano, quien responda a sus interrogantes tendrá el siguiente paso.  

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