Crítica

Crítica: Monstruos de Marius Olteanu

Crítica de la película «Monstruos» de Marius Olteanu.

Los corazones mudos

Por Pablo Rodrigo Ordoñez Bautista

No sabes muy bien cómo llegaste ahí, esperas medio ansioso sobre la colcha de una cama anónima la sensualidad de un cuerpo ajeno; esperas que este sea capaz de moverte, de emocionarte y de llenarte. Por eso sales de ahí alterado y más vacío que antes, además de torpe, la intimidad te dejó con más dudas: ¿Por qué lo hice? ¿Qué es lo que busco? ¿Qué necesito? 

Monstruos (Monștri, 2019) de Marius Olteanu es una película de preguntas sin respuesta, una formulación pausada y realista sobre las motivaciones humanas más intrínsecas, el yo sobre todo lo demás. Contada desde un aspect ratio propositivo e interactivo que se expande o se  comprime según el contexto o el movimiento emocional de los personajes, la historia  se basa en dos testimonios: el de Dana (Judith State) quien, en una noche confusa, emprende  un viaje ambivalente donde chocan la evasión y la confrontación; y el de Arthur (Cristian Popa), un personaje solitario, frustrado y apagado quien en la noche decide emprender una búsqueda de afectos por medio de una aplicación de citas para homosexuales.

Fotograma de la película «Monstruos» de Marius Olteanu.

Ambos personajes están impacientes y preocupados, les falta una pieza, sus acciones no están en congruencia con sus ideas, cavilan en silencio, sumidos en ellos mismos. A Dana la acompaña un dolor muy íntimo, una soledad y unas ganas de enfrentar su situación con dignidad y determinación, pero algo la detiene, algo le impide llegar a su hogar y opta por la complicidad de un taxista y la ciudad noctámbula. Su noche no carece de eventos interesantes, unos molestos vecinos aprovechan su estaticidad para ser trasladados a un hospital y dejan entrever una realidad incómoda: la pobreza intelectual de una pareja acomodada en el deber ser de una relación. No obstante, la honesta apatía de su taxista se contrapone con la apatía inconsciente de sus vecinos y se vuelve una prueba de toda la humanidad que hay fuera de ella misma.

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La estética dominante de la película consiste en largos encuadres que motivan a indagar los rostros de Danna y de Arthur para encontrar sus emociones escondidas. En el caso de Arthur, el detalle y la pausa de los planos limpios y sin cortes que lo siguen a lo largo de un día aparentemente normal, crean la expectativa de que una mueca o el brillo en sus ojos puedan revelar sus ideas o una emoción concreta. Es solo hacia la noche cuando su inacción desaparece y se comienza la búsqueda de un afecto, cual sea. Así, llega con Alex (Șerban Pavlu), un hombre de apariencia mesurada con quien sostiene una secuencia erótica maravillosa que versa la realidad del acto sexual: una actividad extraña que no siempre es íntima y feliz, también involucra incomodidad, fetiches e improvisación; factores que suceden en la vida real todo el tiempo y que no suelen ser abordados con honestidad, sobre todo al tratarse de relaciones finitas.

Ambos testimonios se unen en el tercer acto de la película y se revela la conexión entre ambas perspectivas. El aspect ratio se expande y con él los espacios y la distancia entre los dos personajes principales, Andrei y Diana son esposos, llevan años juntos, pero algo está mal, ante la sociedad son un producto eficiente que aparenta estabilidad, sin embargo, por dentro están desolados, su relación está fracturada y cada uno está afectado por un mal particular que impacta su dinámica de forma atroz.

Fotograma de la película «Monstruos» de Marius Olteanu.

«El aspecto más apabullante e interesante es el que deviene de la imagen, cuya retórica es bastante cruel: todos estamos encerrados».

Monstruos no es una película sencilla, el tratamiento anecdótico amerita una atención fina a los detalles y una gran paciencia para apreciar lo inactivo de la acción. Como cualquier gran filme, su universo y sus ideas existen con más potencia y detalle desde antes de la existencia misma de la película, en el metraje hay pequeños rastros de toda la historia de la relación, de cómo en su momento fue bella y cuáles podrían ser los factores que provocaron su debacle.

La historia de la película es muy valiosa por presentar personajes tridimensionales incrustados bajo códigos estéticos y dramáticos realistas. Los espacios y su retrato son mesurados, los entornos sonoros son sobrios, los personajes secundarios proporcionan texturas y construcciones coherentes, también son personas de carne y hueso consternadas por sus propias ideas o peripecias. Sin embargo, el aspecto más apabullante e interesante es el que deviene de la imagen, cuya retórica es bastante cruel: todos estamos encerrados, no importa si somos más o menos empáticos, nuestras experiencias y nuestra forma de ejercer la vida y los sentimientos es única y es el parámetro con el que medimos la vida fuera de nosotros.

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La vida propia suele ser más importante que la de la otredad, pero cuando logramos sortear esa trampa y validamos la visión del otro, nuestra perspectiva se abre, la imagen se ensancha y podemos respirar más tranquilos, al comprobar que no somos los únicos monstruos, hay más personas que sienten, que sufren, que gozan y que ejercen su vida bajo sus propios términos. Por ello, es muy importante la secuencia inicial de la película, un dolly lateral que fluye hacia la izquierda y que registra el flujo de varios humanos y anticipa el tema del filme: la humanidad, su tránsito, sus relaciones, su silencio al meditar y preguntarse por qué hacen lo que hacen, por qué aguantan lo que aguantan, por qué acceden a situarse sobre la colcha de una cama anónima esperando una conexión.

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