Columnas

La guerra del streaming: sana competencia o monopolio

En lugar de una gran competencia, la existencia de múltiples servicios de streaming se parece cada vez más a las prácticas monopólicas de los principios de la industria del cine.

Por Pablo Zamora

Desde hace un tiempo los servicios de streaming comenzaron a considerarse como gastos hormiga del ciudadano mexicano, puesto que, se estima, contratar los servicios más famosos significa un gasto que ronda entre los 13 mil pesos al año. A esa cantidad se le puede añadir una fracción del servicio de internet, y por supuesto, no valora los dispositivos donde se ven los contenidos, pues los celulares, tabletas, computadoras, televisores y aparatos inteligentes, también tienen un precio inicial y constante por su consumo de luz.

Actualmente existen más de 10 servicios de streaming que son habituales entre los mexicanos. Entre ellos podemos encontrar Prime Video, Netflix, Disney+, Spotify, Apple TV, HBO Max, entre otros, pero la suscripción a algunas de estas plataformas no incluye el catálogo completo ni la posibilidad de acceder a estrenos Premiere, como el caso de Disney+. Pero lejos de ser un estudio sobre el tema del gasto, quiero presentar una reflexión sobre las actitudes monopólicas, que poco se han vislumbrado con la llegada de estos servicios, las cuales se han normalizado hasta el punto de ser casi invisibles bajo la apariencia de una falsa competencia.

Desde el inicio del cine hasta su eventual ascenso como industria del entretenimiento, el séptimo arte se convirtió en un mercado redondo, donde las propias productoras tenían sus cines para exhibirlos. Arturo Aguilar Figueroa relata su separación en este fragmento de su tesis La Industria de Cine en México tras la Pandemia: Entre el Terror y el Suspenso.

«Después del studio system hollywoodense de la primera mitad del siglo pasado, a través de regulaciones y controles legislativos que combatían la integración vertical y la posibilidad de monopolios, se separaron las actividades de producción y distribución de películas de las de su exhibición. Los estudios no podían tener sus propios cines donde pasar sus propias películas como sucedía antes. La idea que separaba estas actividades fue replicada en casi todo el mundo y ha sido el eje de los modelos de negocio y dinámicas de la industria del cine por más de medio siglo»[1].

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En México, desde hace años, existen distintas cadenas de cines, las más representativas son Cinemex y Cinépolis, que juegan un papel distinto al de la producción (al menos con estrenos de talla mundial), lo cual garantiza al consumidor la posibilidad de elección al momento de ver una película en una sala de cine.

Sin embargo, la industria cinematográfica tuvo su primera llamada de atención con la llegada de Netflix, aquel servicio de streaming que revolucionó la manera de acceder a contenidos ofreciendo una cantidad impresionante de títulos de todas las productoras existentes en una misma plataforma. Además, presentaba la facilidad de acceder desde cualquier lugar y en cualquier dispositivo siempre y cuando se tuviera acceso a internet.

La llegada de Netflix significó la caída de los videoclubs y los complejos Blockbuster, dando origen a un universo totalmente nuevo, al cual ya se le habían sumado las rentas en línea y productos digitales. Las grandes empresas como Disney no tardaron en darse cuenta de la oportunidad que significaba este negocio, por lo que se aventuraron a intentar comprar el servicio y ante la negativa, anunciaron el desarrollo de su plataforma, la cual tomó forma con la compra de Fox. Pero antes de que ocurriera el lanzamiento de las plataformas que conocemos hoy, franquicias como Marvel llegaron a un acuerdo con Netflix para abordar a personajes como los Defensores, entre ellos Daredevil, cuya serie llegó a tener tres temporadas en la plataforma.

Fotograma de la serie Daredevil.

Sin embargo, el cierre comercial de las productoras —que comenzaron a desarrollar sus propios servicios de streaming—, llevó a Netflix a crear producciones propias destinadas exclusivamente a su plataforma, un paso que en primera instancia representó tener una variante de contenido al que nos habían acostumbrado las productoras durante tanto tiempo.

Las producciones originales de Netflix contaron con talento interesante desde sus inicios. Gary Fukunaga se encargó de dirigir la primera película de ficción para el servicio, Beasts of no Nation (2015), que fue alagada por la crítica y audiencia, pero termino siendo ignorada por algunos sectores de la industria cinematográfica. A esta pelea entre el servicio y la industria, se le juntaron algunos cineastas y festivales, incluso, algunas películas originales de la plataforma fueron obligadas a ser estrenadas en cine para ser consideradas parte de la industria.

Los productos originales

La realización de productos propios no es nueva, ha sido implementada desde siempre por las emisoras y televisoras, incluso por los medios de comunicación; pero a diferencia de canales de paga con contenido creado exclusivamente para ellos, a los cuales se puede acceder contratando planes, las televisoras nacionales lo ofrecían «gratuitamente» mediante los canales que podían recibir las antenas de televisión.

¿Qué es lo que pasa actualmente? Las grandes empresas de creación fílmica cuentan con su propio servicio de exhibición. Hemos vuelto, en cierta medida, a los tiempos monopólicos donde los creadores de contenido contaban con sus propios medios de exhibición. Un negocio redondo, pues ya no hay necesidad de pagar a terceros por exhibición, y todo ante una bandera de aparente competencia, pues los servicios no pertenecen a una sola empresa (habría que investigar el caso del nuevo servicio de Star+).

Fotograma de The Tomorrow War, una producción de Amazon

Aunque estamos todavía en una época temprana, es imposible no vislumbrar que hace falta una regulación para beneficio del consumidor. Si bien, es fácil pensar que cada uno decide qué contratar, la idea se basa en un pensamiento capitalista. Es cierto que los productos originales de las plataformas deberían tener un tiempo de exclusividad, pues han sido creados para eso, sin embargo, al hacerla permanente están retomando las actitudes monopólicas de las productoras cinematográficas del siglo pasado.

Tal vez sea complicado separar de nuevo a las exhibidoras de las productoras, pues justamente el atractivo que estas tienen en sus servicios son los productos originales, pero la exclusividad en medios digitales resulta, a final de cuentas, en un monopolio que sólo afecta al consumidor.


[1] Aguilar Figueroa Arturo, La industria de cine en México tras la pandemia: entre el terror y el suspenso, Maestría en Periodismo sobre Políticas Públicas, México, Centro de Investigación y Docencia Económicas, 2021, p. 7.

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