Crítica

Crítica: Los santos de la mafia de Alan Taylor

Crítica de la película «Los santos de la mafia» de Alan Taylor | La nueva película sobre el universo de «Los Soprano» presenta el ascenso de la famosa familia mafiosa a la vez que da pistas sobre la adolescencia de Tony Soprano.

Herencia y culpa

Por Isaac Piña

Cuando David Chase, creador de la mítica Los Soprano (The Sopranos, 1999), anunció de manera oficial que por fin se filmaría una película sobre el universo de la familia mafiosa, las expectativas volaron por los cielos igual que el restaurante de Artie Bucco en la primera temporada. Durante la última década, un sinfín de fans ha expresado su admiración y cariño por la serie con la creación de foros, páginas de Facebook y otras redes sociales para rememorar, redescubrir y bromear, por lo que se entiende que la llegada de una película significara un «bombazo».

La ilusión y la curiosidad aumentaron cuando se reveló que la trama relataría los años de formación de Tony Soprano y la relación padre-hijo que sostuvo con su «tío» Dickie Moltisanti, quien realmente es el padre del torturado Christopher «Chrissy» Moltisanti. Sin embargo, Los santos de la mafia (The Many Saints in Newark, 2021) quizás se queda corta respecto de lo que la imaginación desbocada de algunos fans elucubró, aunque tampoco se trata de un bodrio o un asalto descarado a la nostalgia.

De hecho, Los santos de la mafia reafirma la excelente pluma de David Chase porque demuestra la sensibilidad y agudeza incisiva de su escritura, cualidades narrativas con las que explora el ideal estadounidense desde la óptica de una «típica» familia de clase media que incidentalmente forma parte de la mafia. Chase pinta con mano experta un enorme mural del Newark de fines de los 60 concentrándose en describir el barrio donde convergen Sopranos, Moltisantis y otras familias italoamericanas que sufren el cambio generacional (y de mentalidad) entre sus filas.

Fotograma de la película «Los santos de la mafia» de Alan Taylor.

El escenario resulta perfecto para el volátil ascenso de Dickie Moltisanti, un soldado de la familia DiMeo que poco a poco gana poder hasta el punto de obtener el rango de capitán, posición que le permitirá moldear a su antojo el barrio que ama, aunque ello signifique sucumbir, de forma gradual, a la locura. Tal como ocurrió en Los Soprano, en la película destaca sobremanera el elenco reunido pues cada actor, desde los roles principales y los secundarios hasta aquellos con poca participación, se compromete al máximo a exprimir los minutos que tienen en pantalla.

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Asimismo, vale la pena tomar nota del acertado trabajo del departamento de vestuario y de maquillaje de caracterización, cuya efectiva recreación de la vestimenta y los peinados de la época complementa de manera puntual y sutil el esfuerzo actoral. Un ejemplo lo encontramos en el joven actor Billy Magnussen, quien con su prominente cabellera engominada, la modulación de la voz y un par de gesticulaciones clave, evoca de forma increíble la divertida y peligrosa personalidad del querido Paulie «Walnuts» Gualtieri de la serie original.

Fotograma de la película «Los santos de la mafia» de Alan Taylor.

«Los santos de la mafia reafirma la excelente pluma de David Chase porque demuestra la sensibilidad y agudeza incisiva de su escritura, cualidades narrativas con las que explora el ideal estadounidense desde la óptica de una «típica» familia de clase media que incidentalmente forma parte de la mafia».

Por otra parte, el actor de carácter Alessandro Nivola, con la guía de Chase y el veterano director Alan Taylor, compone un retrato elaboradísimo, trágico, endemoniado, del arrebatado Dickie Moltisanti. Su interpretación danza entre lo monstruoso y lo frágil y cumple con creces la compleja tarea de dar vida a un personaje cuya figura se antojaba enigmática. El Dickie de Nivola, de modo similar al Tony de Michael Gandolfini, actúa de forma ambivalente, se debate entre seguir las tradiciones, cumplir las normas del juego, y rebelarse contra sus «padres» con arranques de ira, tristeza y desesperación, los cuales lo conducen a la paradójica destrucción de su entorno.

Por añadidura, las motivaciones y actitudes de Dickie cumplen un efecto espejo con la convulsa situación que vive Newark/Estados Unidos con la revueltas juveniles y afroamericanas; conforme el descontento y la violencia crece en las calles el pequeño reino de Moltisanti comienza a dinamitarse por culpa de sus caprichos y vicios de carácter. Chase refuerza el tono épico con una trama secundaria que narra, casi en clave de fábula, los pormenores de la juventud del mismísimo Tony Soprano: el poco interés en la escuela, sus travesuras todavía infantiles, la reserva con la que habla con sus padres y la conciencia (y aceptación) del influjo de la Cosa nostra en el seno familiar.

La tumultuosa vida privada de Tony, con un padre violento y en la cárcel, un tío debilucho y amargado, y una madre de carácter visceral con un posible trastorno bipolar, da pie a que Chase formule una pregunta que se vuelve dilema: ¿La mafia puede ofrecerle a Tony una vida mejor? El caótico relato sobre los años dorados de Dickie Moltisanti parece darnos pistas de posibles respuestas, las cuales, al mismo tiempo, abren nuevas interrogantes y reflexiones. En una suerte de ciclo sin fin, Dickie claudica ante las presiones de sus traumas personales y su obsesión por «las buenas obras», deseos y miedos que Tony posiblemente heredará en un futuro cercano.


Los santos de la mafia (2021) de Alan Taylor está disponible en la plataforma HBO Max.

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