Series y TV

Succession temporada 3 | El fracaso perpetuo

Reseña de la tercera temporada de la serie «Succession» | El drama sobre la familia Roy llegó a un nuevo desenlace que muestra a sus personajes sumidos en una feroz lucha por el poder.

Por César Mariano

Después del impactante final de la segunda temporada de Succession, donde, ante la inminente debacle que auguraba un escándalo sexual en Waystar RoyCo, un malbaratado Kendall Roy (Jeremy Strong) era enviado a la boca del lobo para expiar las culpas de la línea de cruceros, y en el que su inesperada decisión de poner fin al reinado de terror de Logan (Brian Cox), su padre, resultara en culpabilizarlo directamente de todos los males de la empresa, la seriese enfrentaba, en su dilatado regreso tras dos años de ausencia, al peligro del drama fácil o decepcionante. 

¿Cómo era posible lograr una coherencia plausible tras el abrupto giro de tuerca que significó la rebelión de Kendall? En primer lugar, parecía que para él por fin llegaba el momento de reivindicación tras los esfuerzos inútiles y fracasos que había sufrido en su búsqueda por tomar el control del negocio familiar. Después de todo, el destino parecía sonreírle y Kendall trata de aprovechar la situación para construirse una imagen fuerte y autónoma que le sirva para sellar, de una vez por todas, la tumba de su padre, quien, por primera vez, se siente acorralado y desprotegido, buscando aliados y alternativas con desesperación, pero encontrando en el camino encrucijadas que solo hacen ver el triunfo de su hijo como algo inminente. Sin embargo, pronto esa ilusión se empieza a desmoronar y es entonces que la lógica construida alrededor de ese mundo de poder, arribismo e impotencia vuelve a presentarse.

Fotograma de la tercera temporada de la serie "Succession".

Ejemplo de ello es el segundo episodio, Kendall trata de convencer a sus hermanos de unirse a su cruzada moral, pero no muestra ningún tipo de respeto por ellos y en realidad solo busca sacar el mayor provecho posible de la situación. Aunque la unión de los cuatro hermanos en contra de su padre no sería menos que revolucionaria, Kendall solo puede imaginarla como la lucha de un conquistador solitario. Roman (Kieran Culkin), Shiv (Sarah Snook) y Connor (Alan Ruck) se dan cuenta de esto y, pese a su intención de entrar al juego —eso sí, cada uno con su propia conveniencia personal—, la actitud de su hermano solo los repele, a la par que la sombra de Logan influye en ellos un temor insoslayable a pesar de su debilidad momentánea. Es ahí que lo que había parecido un acto premeditado, frío y consciente para destronar a su padre, de a poco se empieza a manifestar como el simple reflejo de una desesperación prolongada.

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Desde el inicio de la serie, Kendall es un personaje impostado, un faro de incertidumbre que una y otra vez trata de revertir su situación, dar muestras de coraje, valía y respeto que, al nunca poder materializarse del todo, lo dejan desgastado, confundido y solo.  De ahí que la escritura mordaz de Jesse Armstrong —creador de la serie— y compañía prioricen el carácter sobre la trama. Cada uno de los personajes sigue un camino del que parecen no tener escapatoria, como si transitaran un laberinto interminable, con la sensación de un avance y una salida próxima, pero relegados siempre en el mismo sitio. Pensémoslo de esta manera: lo más sencillo —y satisfactorio quizá— habría sido darle a Kendall todas las herramientas necesarias para el parricidio perfecto. Pero la lógica del personaje lo impide, su recorrido es el de alguien enviciado con su propia imagen, ciego al hecho de no ser más que un decadente producto del nepotismo, derrotado en su propia ingenuidad, un ser que creyéndose un agente de cambio se descubre en realidad como un niño asustado que se enfrenta a un mundo que no termina por acoplarse a sus propias reglas. Lo mismo sucede con los demás personajes.

Fotograma de la tercera temporada de la serie "Succession".

Shiv, quien desde la temporada pasada había hecho toda clase de esfuerzos por demostrar su valía dentro de la empresa, en esta ocasión se enfrenta a la indiferencia y el desprecio no solo de Logan, sino de todos los que la rodean —a excepción, claro, de Tom (Matthew Macfadyen), su marido, aunque eso eventualmente también cambia—. Todos observan en su actitud un ansia de control y poder lleno de incompetencia, por más que obtenga logros destacables nada logra ponerla dentro del mapa como una candidata digna para llevar las riendas de la compañía una vez que sea necesario. Cuando por fin llega la prolongada reunión de accionistas que amenaza con hacer perder a los Roy la empresa y ante la incapacidad física de Logan para tomar una decisión acertada al momento, es Shiv quien logra salvar la situación en un despliegue de astucia y engaño que, una vez terminado todo, parece ser una victoria pírrica ante su padre, quien, tras recuperarse de su breve crisis médica, pone en evidencia su total descontento por el trato obtenido (que, a sus ojos, los deja en desventaja frente a sus enemigos). Vemos entonces que con Shiv el asunto escala, su desgracia proviene no solo del freno que sufren sus capacidades y ambiciones, sino de la estructura que la rodea, hecha por y para hombres despiadados e insensatos. Así, su impotencia es doble en medio de un sendero cíclico en el que la validación largamente esperada prolonga, ad infinitum, su llegada. 

Por su parte, Roman empieza a dar muestras de una madurez insospechada. Sin ser el más brillante o esforzado del clan familiar, logra por medio de su cinismo e insolencia avances que progresivamente le hacen ganar la gracia de su padre. El pragmatismo del que hace gala se nutre del poco respeto que tiene por las reglas —aunque es evidente que en realidad no las conoce, pues nunca ha tenido la necesidad de hacerlo— y el desenfado con el que toma decisiones que parecen poco sensatas. Así, cuando los Roy acuden a una cumbre política para elegir al próximo candidato republicano a la presidencia, Roman consigue imponer a quien cree es la mejor opción para los intereses de la empresa, es decir, alguien sobre quien puedan tener control, a pesar de que a todas luces su visión política —que inmediatamente cautiva al más joven de los Roy— sea la de un fascista. Este súbito despliegue de habilidades solo provoca que su carácter despreocupado y ególatra se dispare en un exceso de confianza que hace que su éxito sea breve y lamentable, como aquel fallido sexting que pretendía mantener con Gerri (J. Smith-Cameron) y que llega a manos de Logan en el episodio 8, quizá uno de los momentos más escandalosos y patéticos de toda la serie.

Fotograma de la tercera temporada de la serie "Succession".

En medio de todo esto, Logan solo se reafirma como una figura de poder antiquísimo y cruel. Tras superar el desequilibrio inicial provocado por el golpe bajo de Kendall y sobreponiéndose con dificultad a su crisis de salud y al modelo precario con el que pretende seguir dirigiendo Waystar —el cual todavía confía en los medios tradicionales de entretenimiento, el mayor de los Roy descubre lo que desde el principio ya temía: no hay en sus hijos ningún prospecto para el futuro. Por ello, cuando en un intento de expansión trata de adquirir GoJo, un gigante del streaming liderado por un exitoso e indiferente Lukas Matsson (interpretado por Alexander Skarsgård quien imprime en el personaje un nihilismo cínico), se encuentra con una contrapropuesta que en principio suena a desvarío (Matsson quiere comprar y por ende dirigir Waystar RoyCo), pero que lo hace vacilar ante una nueva oportunidad. Visiblemente cansado de todo, Logan parece encontrar en el lugar menos posible a su sucesor, pues contrario a sus hijos, Matsson ve en el fracaso la clave de todo éxito, por ello mismo no le importa lo que el patriarca de los Roy pueda pensar de él ante semejante propuesta, incluso si ello anula el trato. Roman, que en un principio impulsó todo el trato con Matsson, teme que su padre, fuera de todos sus sentidos, esté cometiendo una locura. Entonces, conscientes de que comparten una misma herida, que sus recursos son limitados, pero en conjunto podrían ser fructíferos, los hermanos se unen para evitar perderlo todo (a excepción de Connor que, si bien motivos no le faltarían para atentar contra su padre, en realidad nunca se ha interesado por las dinámicas del negocio familiar), pero, una vez más, su derrota parece estar ya anticipada. 

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Y es así que el cierre de esta temporada prolonga las preguntas sobres las que hasta ahora Succession ha tratado de reflexionar. Lo que se nos muestra son seres que tratan de impulsar un cambio —que tiene como fin último un egoísmo delirante—, pero se enfrentan una y otra vez a la desilusión. Con los Roy esto se ve reflejado en el trauma familiar colectivo de los hijos que, a la manera kafkiana, nunca son capaces de agradar a su padre. Todos, a su modo y con una cantidad exuberante de recursos a su disposición, tratan de demostrar su valía, reducidos a un juego de supervivencia en el que Logan se impone como una bestia grotesca y senil que, a pesar de las heridas mortales, siempre sobrevive. 

Fotograma de la tercera temporada de la serie "Succession".

Por eso, cuando Shiv, Kendall y Roman deciden confrontar a su padre para detener la venta de la empresa —gracias al trato obtenido por su madre en el divorcio que les da derecho a poner un veto sobre cualquier cambio significativo a realizarse—, el golpe de realidad que reciben no es menos que trágico. Anticipado a su esfuerzo, como si fuera un ser omnisciente, Logan renegocia el trato con su exmujer y elimina toda probabilidad de una sucesión por parte de sus hijos, convirtiendo el intento de emancipación en una desgracia. Shiv se pregunta cómo Logan pudo haber previsto su jugada, solo para descubrir, momentos después, que ha sido su marido —a quien ella confió el secreto de lo que estaban por hacer— el que los ha traicionado.

Moldeado desde las sombras, Tom Wambsgans (Matthew Macfadyen) es la otra cara de la moneda dentro de la dinámica familiar. Blanco de toda clase de humillaciones por parte de los Roy desde el inicio de la serie (incluida Shiv, quien en numerosas ocasiones ha hecho evidente la condescendencia con la que percibe a su marido), en esta temporada la meta de Wambsgans no es otra que la consolidar una forma de poder para obtener, si no respeto, sí cierta clase de satisfacción personal que se le había negado. Por ejemplo, después de la investigación iniciada por el FBI, y ante la posibilidad de ser el único «pez gordo» de la empresa que ha de sufrir las consecuencias, Wambsgans desarrolla una ridícula y lastimosa obsesión con la idea de ir a la cárcel, así, como si fueran casas, revisa las prisiones, tratando de encontrar aquella en la que pueda sentirse más cómodo, incluso contrata a un couch y cambia su alimentación para hacer una transición más fácil al momento de tener que cumplir su condena. De pronto el temor se convierte en una vía de escape, una forma de enfrentar lo inevitable con la mejor cara posible. Esto hace que, en algún momento, le ofrezca a Logan la posibilidad de entregarse a las autoridades para sanear de una vez por todas los problemas de Waystar. Su suegro, por supuesto, rechaza la oferta, pero queda impresionado. Al final, cuando la investigación concluye y la única penalización que recibe la compañía es de carácter económico, Tom sufre una especie de catarsis, un nuevo nacimiento del que se desprenden todo tipo de posibilidades y perspectivas. Sin embargo, pronto ese éxtasis eufórico se agota para convertirse en melancolía, sin condena su vida de nuevo parece vacía, sin propósito, expuesta una vez más a las vejaciones y angustias de siempre.

Fotograma de la tercera temporada de la serie "Succession".

«Succession entonces no es tanto un retablo de la futilidad del poder y la riqueza, como sí una demostración de lo inútil de la voluntad y el esfuerzo frente a una estructura impenetrable».

Es en ese aspecto que Matthew Macfadyen —quien destaca de manera sobrecogedora frente a las interpretaciones colosales de todo el elenco principal— retrata las tribulaciones de quien parece ser el único que se reconoce en su propio patetismo. Aun Greg (Nicholas Braun), su protegido y con quién sigue manteniendo un acercamiento homoerótico que parece alcanzar sus apoteosis en esta temporada —icónica la escena donde Tom los compara con Nero y Esporo—, sigue pensando en sí mismo como algo más de lo que realmente puede ser. Por eso el giro final es tan enigmático. Al igual que Kendall en el final de la temporada pasada, Tom parece encontrar por fin una vía de escape. Pero más que ser la afirmación de un nuevo comienzo, la serie parece poner nuevamente en duda la cualidad del éxito que se trata de alcanzar. 

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Succession entonces no es tanto un retablo de la futilidad del poder y la riqueza, como sí una demostración de lo inútil de la voluntad y el esfuerzo frente a una estructura impenetrable, donde los individuos, vueltos a la precariedad de la supervivencia animal —que, contradictoriamente, se desarrolla en un mundo hiperindustrializado y lleno de privilegios— tratan de reconocerse en una imagen que se desdibuja una y otra vez: retratos del fracaso que permanece, sombras que prolongan la falsificación mientras que aquello que piensan verdadero (el éxito, el control, el reconocimiento y el poder) se desvanece frente a sus ojos sin dejar rastro alguno. 


Las tres temporadas completas de Succession se encuentran disponibles en HBO MAX. La serie ya ha sido renovada para una cuarta entrega.

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