Crítica

Crítica: El contador de cartas de Paul Schrader

Crítica de «El contador de cartas» de Paul Schrader | La nueva película del director de clásicos como «Mishima: una vida en cuatro capítulos» y «Gigolo americano» aún se exhibe en cines de México.

Crimen y Castigo

Por Pablo Rodrigo Ordoñez Bautista

Las tramas del cine de Paul Schrader son siempre «similares» entre sí por ser exploraciones y continuaciones temáticas de un fenómeno común: el hombre solitario que habla consigo mismo. Lejos de ser un vicio, la premisa de Shcrader obedece a un concepto particular del que todos hemos sido partícipes en mayor o menor medida, siempre sucede que terminamos solos, pensamos, la voz rebota contra los muros del cráneo y se pierde en el océano de ideas a menos que estas se plasmen en papel, y es justo la escritura personal lo que hace tan característicos a los protagonistas del septuagenario director norteamericano. La mayoría de los protagonistas de Schrader escriben en un diario para sanar, para dejar una prueba de su conciencia, escriben porque es vital para poner en perspectiva la percepción, los recuerdos, los dolores. Escribir es uno de los actos más complejos que existen, una tarea que implica atención, gran capacidad de abstracción y criterio para identificar y destruir las ideas nocivas o venenosas. Escribir es ejercer el pensamiento, no importa que sea un argumento o un recuerdo, escribir es la mayor prueba de la capacidad lúcida de la mente y esta actividad se retoma, más lúdica y reflexionada, en el virtuoso de la baraja William Tell (Oscaar Isaac), protagonista de El contador de Cartas (The Card Counter, 2021).

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La película es un mosaico del Estados Unidos moderno que medita sobre una sociedad idólatra del dinero, las armas, la alta seguridad y que está contaminada por un patriotismo primitivo, encarnado en clave de farsa en personajes que gritan «¡USA! ¡USA!» después de ganar un juego. No obstante, Schrader también nos recuerda la vastedad de su país, lo cotidianos que son los individuos que lo habitan, personas reales, heterogéneas en su apariencia, que viven ensimismadas dentro de un estilo de vida que las mantiene ajenas a la monstruosidad con la que su Estado resguarda el poder y sus intereses. Estos elementos moldean la percepción de los personajes principales, cada uno en búsqueda de un objetivo concreto, hilado por una trama que es clara desde su inicio. Will es un hombre con un pasado perverso que, redimido por la rutina y la lectura durante su encarcelamiento, usa su libertad para escribir en su diario y jugar blackjack, hasta que conoce a Cirk (Tye Sheridan), un joven con quien comparte las secuelas de la violencia y a quien trata de quitarle las ganas de una venganza por medio de una alianza con la Linda (Tiffany Haddish), jugadora y emprendedora que busca beneficiarse de la brillante mente de Bill, cuyas habilidades se extienden desde la forma con la que desnuda su baraja hasta su técnica para armar el juego.

Fotograma de la película «El contador de cartas» de Paul Schrader.

De esta forma, la película transcurre entre casinos y moteles, carreteras y prisiones cobijadas por el score eléctrico-ambiental de Robert Levo Been, Jesse Russell y Giancarlo Vulcano, cuyos sonidos construyen una atmósfera sombría y desesperanzada en la que la música enfatiza los recovecos del laberinto oscuro de las motivaciones humanas. El filme se despliega mediante un montaje pausado, delegando toda la fuerza y emoción al ritmo interno de los planos donde lo importante son las emociones brutales contenidas en el rostro de Bill; emociones, hechos y dinámicas labradas con imágenes fijas o con movimientos sutiles y estables. Imágenes usuales y nítidas que de vez en cuando se compaginan con imágenes extrañas, deformaciones que alteran el espacio y que remiten a la fiebre de un pasado hiperviolento y lejano, solo para regresar inmediatamente a la tensión quieta del relato de tres extraños que se conocen y conectan con cada trago y anécdota que comparten, desnudándose poco a poco, dejando entrever parte de sí mismos, sobre todo Bill, cuyas memorias trascienden el papel para convertirse en relatos enunciados desde su boca para develar la suciedad, el horror, el olor a arena, la sangre, las heces y las arañas camello de la guerra y la vileza, la ingeniería social y la barbarie de Guantánamo y Abu Ghraib.

Contrario a El reverendo (First Reformed, 2017), en El contador de cartas la hecatombe ya ha sucedido en la vida del protagonista. Will es un hombre brutal que se ha desamericanizado, es un vagabundo del juego, un paranoico metódico que sobre la atrocidad ha impuesto su voluntad, un individuo que encuentra su libertad, irónicamente, en la rutina de la cárcel. A Will los horrores le acompañan siempre, nunca se es el mismo después de experimentar las facetas más repugnantes del mundo, pero él mantiene a raya ese cúmulo, consciente de las consecuencias de darle cabida al trauma, suprime tácticamente el dolor, repitiendo en su cabeza extractos de las Meditaciones de Marco Aurelio antes de tomar una decisión.

«El circulo temático de Schrader vuelve a manifestarse en el desenlace de esta nueva obra, aferrándose a la idea del amor y la vulnerabilidad como las mejores y únicas formas de preservar la humanidad».

Es finalmente el conocimiento y la consciencia lo que impulsan a Will, sin embargo, a pesar de sus esfuerzos y los lazos que crea, la sangre persiste como el único método para la justicia. Rumbo al clímax del filme, Will escoge la violencia, se entrega a ella al completar una venganza trunca. Sin mayor resistencia vuelve a su casa, la cárcel, para expiar un nuevo crimen. No obstante, su sacrificio no es en vano, un lazo perdura en su vida y se manifiesta mediante una imagen final fortísima, dos manos tocándose con el dedo índice, pero impedidos por una línea divisoria, un cristal. De esa forma, el circulo temático de Schrader vuelve a manifestarse en el desenlace de esta nueva obra, aferrándose a la idea del amor y la vulnerabilidad como las mejores y únicas formas de preservar la humanidad. Un final que fortalece la noción de que quizás la vida se trata de miles de traumas y consciencias despiertas que encuentran consuelo mediante besos, caricias y un intento perpetuo por preservar la humanidad mediante la conexión con el otro y la confianza en que este, a pesar de la repugnancia de nuestros actos, no apartará la mirada.


El contador de cartas de Paul Schrader se exhibe en cines de México desde el 24 de febrero con la distribución de Cine CANÍBAL.

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