Crítica

Crítica: Drive my car de Ryūsuke Hamaguchi

Crítica de «Drive my Car» de Ryūsuke Hamaguchi | La nueva película del director japonés se presenta en algunas salas de cine en México y a partir del 1° de abril llegará a la plataforma MUBI en Latinoamérica, este es un recorrido por los misterios que propone la película y parte de la filmografía de Hamaguchi.

Viviremos

Por Axl Flores

Los personajes de las películas de Ryūsuke Hamaguchi parecen moverse en un mundo enigmático, entre la tragedia, la fantasía o casi siempre al borde del colapso cada uno mantiene una calma insospechada ante situaciones de gran desafío emocional. En sus ocho largometrajes de ficción pocas veces se podrá encontrar un momento de drama excesivo, el director nacido en la Prefectura de Kanagawa ha patentado un estilo que gracias a un cada vez más moderado minimalismo da cuenta de esas pequeñas transformaciones internas que llevan a realizar un acto, a tomar una decisión. Así, en su filmografía se puede encontrar a una dubitativa ama de casa que repentinamente decide tener una relación fuera de su matrimonio y que, pese a los reclamos de su esposo, afirma no poder arrepentirse de lo sucedido (Happy Hour, 2015); a una joven que se debate entre el amor de dos hombres, uno de su pasado y otro de su presente, que lucen físicamente iguales (Asako I & II, 2018); o a un hombre que ve al fantasma de una vieja compañera del colegio a la que ayuda a comunicarse con su hermana, que aún continúa investigando los orígenes de su fallecimiento (Heaven is Still Far Away, 2016). El conflicto —o el misterio— en el cine de Hamaguchi parece surgir de cómo la sombra trágica del pasado configura el presente, sobre lo que cada persona se juega en cada paso que se da.

En Drive my car (2021), película inspirada en un relato homónimo del libro Hombres sin mujeres de Haruki Murakami, Yusuke Kafuku es un respetado actor y director de teatro. Los primeros minutos de la película apenas dan una pequeña vista de su día, todo comienza con una charla con Oto, su esposa, después de una relación sexual; ella desenreda la trama de una historia que bien podría ser hermana de Chungking Express de Wong Kar-wai o de Burning de Lee Chang-dong (también adaptación de un relato de Murakami) para después dormir y, al día siguiente, pedirle a Yusuke que le cuente los más mínimos detalles de la historia para desarrollarla en una serie de televisión. Hasta ese momento, la dinámica de la pareja no parece salir de lo común, sin embargo, posteriormente el relato irá mostrando varios de sus más profundos dolores que se mantienen velados por una comunión que a simple vista luce estimulante.

Fotograma de la película «Drive my Car» de Ryūsuke Hamaguchi.

La sutil narrativa de Hamaguchi interesada, como se ha dicho, en las transformaciones interiores, se encarna completamente en el rostro de Hidetoshi Nishijima, cuyo sereno actuar aún en situaciones atenuantes refleja una parsimonia casi inmutable, así sucede cuando Yusuke ve a su esposa en pleno acto sexual con Koji Yakatsuki, uno de los actores de sus series de televisión, asimismo, cuando la encuentra desfallecida en una habitación a causa de una hemorragia cerebral. Ese último momento apenas aparece unos segundos en pantalla, pero sus consecuencias inundan la sensibilidad de toda la duración de la película, gracias, en parte, a una grabación de la voz de Oto interpretando los diálogos del Tío Vania de Chéjov que escucha el protagonista en sus viajes en automóvil.

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En Drive my car el dolor no parece funcionar como un detonante dramático, sino como una experiencia ensordecedora sin fin, de ahí que no resulte extraño que, después de lo sucedido, la película establezca una afinidad entre las vivencias de sus personajes con el texto de Chéjov. Ahora Yusuke se encarga de dirigir las presentaciones de Tío Vania para un festival de teatro en Hiroshima, donde a partir del proceso de casting y la relación con Misaki Watari, una conductora contratada por la organización, irá sanando parte de su dolor a través de los propios diálogos de la obra («Chéjov me es aterrador» dice en algún momento) y conversaciones fomentadas por la intimidad que propone el famoso auto del título.

Still de la película «Drive my Car» de Ryūsuke Hamaguchi.

La predilección por el diálogo en el cine de Hamaguchi siempre ha sido una constante —así como la aparición del teatro—, de hecho, varias de las reflexiones sobre sus primeras películas siempre llevaban a comparaciones con el cine de Hong Sang-soo —incluso la atmósfera de la primera historia de La rueda de la fortuna y la fantasía (2021) no deja de dar esa sensación—. La comparativa resulta sensata las más de las veces, los dos cineastas han creado un estilo que a través de planos de larga duración y pocos movimientos de cámara logra resaltar la importancia de la puesta en escena, pero principalmente porque su formalismo no teme ceder ante lo azaroso, a lo inmanejable presente en la misma corporalidad de los actores, la química entre ellos y el influjo de los espacios.

Es relevante volver a algunas de las primeras películas de Hamaguchi para profundizar en tal hipótesis, principalmente a Intimacies (2012), un filme que nace de la confrontación entre lo ficcional y lo documental. En esta película se sigue la preparación de una obra por parte de un grupo de estudiantes de teatro, el método de trabajo elegido por la directora es uno que desafía la convención de un ensayo, se trata de una lectura de los diálogos que después se complementa con discusiones sobre las problemáticas que aquejan a la sociedad contemporánea; con sus obvias diferencias, esa elección no deja de sentirse un tanto similar al plan que sigue Kafuku para la dirección de Tío Vania en Drive my car, uno que procura, más que el desarrollo dramático, la escucha atenta de cada uno de los integrantes para lograr un pleno entendimiento (ese «entender mucho más que palabras» que menciona Yoon-a, una de las actrices de la obra), incluso el mismo Hamaguchi ha comentado seguir ese método para la realización de películas como Happy Hour, que es consecuencia de un curso que partía de la idea de «fomentar la escucha activa entre unos y otros, mejorar la propia interpretación y la de los demás y crear un espacio en el que poder actuar».

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Es en ese sentido que, desde Intimidades, e incluso desde su ópera prima Pasión, el cine de Hamaguchi ha logrado mediante ese método una conjunción entre el entorno y el estadio emocional, ya en esa película un largo plano de casi 17 minutos —uno de los más bellos en toda su filmografía— en el que una pareja conversa sobre la magnitud de su amor mientras camina por la noche designa una comunión no solo entre los personajes, sino con la misma ciudad, es decir, un pleno equilibrio entre la influencia y la relación de un espacio con una emoción, como la de una experiencia totalmente moderna, la de sentirse triste en medio de una ciudad que con sus grandes edificios y vialidades remarca nuestra pequeñez.

Fotograma de la película «Drive my Car» de Ryūsuke Hamaguchi.

«Drive my car se siente como uno de los puntos más altos de la filmografía de Hamaguchi, porque al final su cine ha consistido en ese descubrimiento, el de personajes rebasados por sus propias emociones, pero encontrando en ellas su principal individualidad».

Es por eso que las conversaciones al interior del automóvil de Kafuku en Drive my car no dejan sentirse las más de las veces como una revelación, porque en ellas el influjo del viaje no deja de estar relacionado con lo que se podría denominar como viaje interior, de ahí que la película podría ser catalogada como una road movie, pero en todo caso una road movie que recoge un dolor compartido en esos viajes en los que la fotografía de Hidetoshi Shinoyima retrata los caminos y la arquitectura de una Hiroshima moderna fundada sobre la pérdida, o en ese pueblo ficticio donde la conductora Watari perdió a su madre a causa de un derrumbe y que se ubica supuestamente en la Prefectura de Hokkaido, una región asolada recientemente por los terremotos y que bien podría remitir a las búsquedas de la trilogía de documentales sobre Tohoku codirigida junto a Kou Sakai.

Pero como aquellas aflicciones no pueden ser reducidas a una sola sensación y porque el tratamiento que propone Hamaguchi de aquel dolor rebasa el simple comentario de superación o una fórmula de sanación, la inmensidad de Drive my car no puede ser encasillada a un género. Rumbo al final los dos protagonistas comprenden su sufrimiento como una parte indivisible de ellos, como una decisión que los marcará hasta el final de sus vidas, de ahí que las dos escenas más bellas del filme resuenen completamente en el «Viviremos, Tío Vania» declamado en lenguaje de señas coreano por Yoon-a. Es esa la razón por la que Drive my car se siente como uno de los puntos más altos de la filmografía de Hamaguchi, porque al final su cine ha consistido en ese descubrimiento, el de personajes rebasados por sus propias emociones, pero encontrando en ellas su principal individualidad, aquí en esa puesta en abismo entre los personajes de Chéjov y los de la propia película, pero trabajado mucho antes en cada decisión de películas como Happy Hour o incluso Asako I & II.

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