Crítica

Crítica: No creas que voy a gritar de Frank Beauvais

Dudar de la cinefilia

por Axl Flores

Al inicio de la cuarentena por la pandemia de la covid-19 circulaba por las redes sociales una frase de Pascal que llamaba a no perder la cabeza por el confinamiento, “la infelicidad del hombre se basa solo en una cosa: que es incapaz de quedarse en su habitación” era un llamado a quedarse dentro que adquiría total vigencia cuando era el encierro el que podía salvar vidas, sin embargo, también escondía una gran angustia, sin siquiera conocer realmente los alcances que tendría la pandemia en nuestro país -algo que sigue siendo incierto-, la sola idea del confinamiento puso en jaque esa simulación que llamábamos vida, obligando a una revaloración y reconceptualización de lo importante, que significa al final de cuentas un examen propio.

No creas que voy a gritar (Ne croyez surtout pas que je hurle, 2019) es una película producto de un confinamiento y también de un examen de las propias experiencias, pero aquí no solo las vivenciales, sino también de las cinematográficas y sobre si es posible el cruce de estas dos. Durante abril y octubre de 2016 su director Frank Beauvais vivió aislado en un pequeño poblado alsaciano, tiempo durante el cual, según un pequeño texto que aparece antes de comenzar el film, Beauvais vio más de 400 películas -entre copias DVD y sitios ilegales-, de las que veremos solo pequeños pedazos acompañados por la voz del director, que analiza cómo esa condición hizo cambiar la forma en la que se relaciona con el cine y con la vida misma.

A primera vista hay algo que diferencia a la película de los collages o ensayos cinematográficos habituales, las imágenes no se explican entre ellas ni tampoco a través de la palabra, no hay una agrupación conceptual, sino un cuestionamiento que parte desde la propia cinefilia. No creas que voy a gritar problematiza esa idea del cine como ventana al mundo y la experiencia que este produce, como dice el mismo Beauvais ver las películas de los otros no es otra cosa más que reflejarse en un espejo, cuando se ve una película ya no se trata de una realización ajena sino de una experiencia propia en todas su subjetividades.

En ese sentido, cada imagen dentro de la película forma parte de un momento muy particular de la vida del autor, a través de ellas recuerda la muerte de su padre mientras veían una película, rupturas amorosas, estados de ansiedad y dudas ante las que las películas se muestran, en sus propias palabras, como un analgésico expiatorio.  Beauvais comprende que más allá de una visión romántica, su cinefilia es también un vicio que debe observar y analizar, un muro que se ha construido él mismo ante la impotencia de ver una Francia atacada por el terrorismo y el miedo sembrado por los medios de comunicación: una guerra masiva cimentada en la “impudorosa explotación de la aflicción”.

No creas que voy a gritar problematiza esa idea del cine como ventana al mundo y la experiencia que este produce, como dice el mismo Beauvais ver las películas de los otros no es otra cosa más que reflejarse en un espejo”.

En la película se llega al grado máximo de apropiación de las imágenes, no solo porque está montada por fragmentos de otros filmes, sino porque cada una de ellas ha traspasado su calidad de objeto que comunica para volverse parte de una suerte de memoria. Es un proceso totalmente opuesto al de El libro de las imágenes (Le libre d´image, Jean Luc Godard, 2018) en el que la imagen es considerada en todas su capacidades comunicativas, donde lo esencial es ¿por qué esta imagen y no la otra?, un problema de lenguaje autorreflexivo sobre el propio medio que aquí se convierte en uno personal al establecer que la imagen filmada por otro puede volverse tan reveladora de un estado interno como la filmada por uno mismo.

Sin embargo, el mayor mérito de Beauvais no es transmitir su estado interior, sino esa postura crítica que mantiene ante su aproximación a las imágenes, en un momento se pregunta “¿cómo librarme de mi fatal atracción por las películas?”, en No creas que voy a gritar no hay una respuesta convincente, pero sí una postura, que es la de dudar de la propia cinefilia.

En un tiempo en el que el confinamiento es una cuestión de vida o muerte y en el que el cine parece ser una de los pocas ventanas hacia el mundo, habría que preguntarse si no es más una barrera construida desde nuestras propias subjetividades. También hay que dudar de la cinefilia.     

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