Crítica

Crítica: Vivir su vida de Jean Luc Godard

12 episodios y una muerte

por Axl Flores

El rostro de Anna Karina llorando después de ver La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928) de Dreyer, es posiblemente una de las escenas más bellas en la historia del cine. Ese momento en el que por el rostro de Naná cae una lágrima al descubrir que para Juana no hay más descanso que la muerte, es una de las pruebas más grandes del cruce entre cinefilia y vida. En una sala de cine casi vacía, Naná se siente identificada por el destino de esa joven prisionera que luce totalmente desamparada y en toda la duración de Vivir su vida (Vivre sa vie, 1962) de Jean Luc Godard, nos daremos cuenta que ella también lo está. 

Escribir de una película como Vivir su vida es casi forzosamente hablar de la figura de Godard como autor —a quién si no a él se le asocia más ese término—, es decir, hablar de uno de los tantos episodios de su filmografía y del surgimiento de ciertos conceptos que, tal vez, ya daban una muestra de lo que aparecería en sus próximas películas, incluyendo sus más radicales como las que realizó con el grupo Dziga Vertov e incluso las más crepusculares —porque algo de eso se respira en El libro de imágenes—:la reflexión sobre el lenguaje cinematográfico. En un ensayo sobre Vivir su vida agrupado dentro del libro Contra la interpretación, Susan Sontag describe al cine de Godard como uno de ideas y pese a todas las disonancias de un título a otro, tal vez no haya mejor forma de describir una película de Godard que esta. 

Sontag refiere que antes que analizar una situación, las películas de Godard proponen una demostración, por lo que «Vivir su vida es una exhibición, una presentación de pruebas. Muestra que algo ocurrió, no por qué ocurrió». La película, estructurada en 12 capítulos, más que no seguir la estructura narrativa habitual, la burla completamente, hace como si no existiera. No hay una presentación estricta de los personajes ni explicación alguna sobre lo que les está sucediendo, es por eso que «desamparada» sea precisamente la palabra que mejor defina al personaje de Anna Karina.

“En Vivir su vida parece que se asiste a la preparación de la muerte de Naná”.

Naná vaga por las calles de París de una decepción a otra, de pelear con su marido a no conseguir los dos mil francos que busca con desesperación; de una vida entre cafés y restaurantes a tener que prostituirse. Una ciudad acostumbrada al romance es testigo del sufrimiento de la protagonista, que en muy pocos momentos se permite reflexionar sobre su situación, solo hasta una escena en la que discute con un señor en un café, interpretado por el filósofo Bruce Parrain, y que como menciona Sontag es muy reveladora sobre el final. 

La interrupción constante de la acción del film deja a la protagonista en una suerte de deriva en cada corte. Sin un futuro a la vista para cobijarse y sin un director que busque reflexionar sobre su andar, porque antes que interesarse por la prostitución Godard se interesa en la forma de representarla, sobre los códigos con que se le retratan —un tema no tan francés, pero sí muy presente en el cine japonés (Ozu, Mizoguchi, Kawashima, Masumura) del que el director era gran admirador (principalmente de los dos primeros)—; en Vivir su vida parece que se asiste a la preparación de la muerte de Naná, justamente como la escena de La pasión de Juana de Arco que le provoca el llanto. 

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