Crítica

El amor en febrero| Crítica: Llámame por tu nombre de Luca Guadagnino

El amor infinito

Por Pablo Rodrigo Ordoñez Bautista

A menudo pienso en el amor como un evento escurridizo que se niega a ser retratado. Muchos artistas han jugueteado con las letras, las formas y las imágenes en el afán por traducir su naturaleza abstracta, y también hay quienes, motivados por su potencial, se han encargado de manufacturar moldes baratos, pero de fácil entendimiento que las sociedades adoptan y replican. ¿Qué es el amor? ¿Una fuerza? ¿Una aspiración? ¿Una pulsión? ¿Realmente existe?  Todas estas preguntas llevan a Llámame por tu nombre (Call me by your name, Luca Guadagnino, 2017), una película que, más que formar conclusiones, contempla y medita sobre el idilio que surge entre dos almas y sus cuerpos.

Es en un paraíso italiano donde Elio (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer) despiertan las hebras más sensibles de su ser y se sumergen en un vaivén de proporciones cósmicas. Con sensibilidad, Luca Guadagnino diseña una película libre de etiquetas y prejuicios, que se sumerge en las entrañas del amor, en su sensualidad, su explosión y su final. La película sugiere las mentes de sus personajes, las filtra a través de acciones finas y contenidas, cada secuencia alberga una tensión taciturna y titánica: conocer a Oliver implica para Elio el despertar de una emoción desconocida y anhelada, aderezada de la curiosidad por una cultura ajena a la suya que, se vuelve cercana después de la interacción continua. Este evento es inversamente proporcional en Oliver quien, lejos de una civilización conservadora y expuesto a la sensualidad y la cultura (aspecto crucial) de una familia trotamundos, permite que su verdadera naturaleza fluya cómodamente, quizás, por primera vez en su vida.

El lenguaje que narra los hechos es sutil y embriagante, cómplice de la sensualidad y el idilio; se apoya en lo estático para subrayar la tensión que surge en la dinámica entre los personajes y para enfatizar la intimidad propia de las acciones mínimas. La sutileza también radica en los movimientos de cámara que, aparte de economizar, permiten que las acciones fluyan, se resuelvan o infieran sucesos que se abordan o sólo se sugieren. En la imagen no sólo se despliega la interacción humana entre Elio y Oliver, el entorno también es protagónico: la casa de los Perlman, los pueblos italianos atemporales, los lagos y bosques mediterráneos son elementos que motivan y/o permiten el juego de la seducción.

Quizás la belleza del entorno sea universal y derrita el ojo de cualquier espectador, pero pienso que cuando el amor inflama la mente y el corazón, cualquier lugar se impregna de las emociones que dos o más personas transpiran en su accionar, sobre todo en cuestiones amorosas. Es así como en la memoria resaltan lugares, aromas, árboles o edificios que, ante ojos ajenos lucen como objetos intrascendentes y desprovistos de belleza, pero que para nosotros adquieren una importancia fundamental al ser cómplices de nuestras experiencias.

Llámame por tu nombre apela a una  dinámica realista y no intervencionista donde el sonido ambiental es tangible —escúchese el agua de las fuentes, la atmósfera de todos los espacios, pero sobre todo, la precisa sonoridad  de la casa de los Perlman—; las imágenes captan con elocuencia la realidad y no dudan en  deformarla según la potencia de ciertas experiencias —véase la superposición azulada de  negativo y el uso de infrarrojo—; también hace un uso fantástico de la música que integra  piezas antiguas y las funde con composiciones contemporáneas del presente donde acontece  el filme.

«Algo que hace de forma espléndida este filme es desarrollar con honestidad ciertas fases del amor: la torpeza propia de la inexperiencia, la confusión ante el surgimiento de un nuevo sentimiento…»

Así, Llámame por tu nombre reflexiona esencialmente sobre el amor desde la perspectiva de un primer enamoramiento, el primero real, apasionado y ardiente cuya tragedia radica en la postergación y su final.  ¿Qué hubiera pasado si Elio y Oliver fueran unos versados en el romance?  ¿Qué pasaría si todos tuviéramos esa cualidad? Si ese fuera el caso no habría película, ni amor. Algo que hace de forma espléndida este filme es desarrollar con honestidad ciertas fases del amor: la torpeza propia de la inexperiencia, la confusión ante el surgimiento de un nuevo sentimiento, la oposición, el éxtasis ante la contemplación de la belleza, el descubrimiento del deseo y el placer en la fusión entre los cuerpos, e incluso, la extinción de todo eso. Como toda creación humana, el amor siempre termina, la física erosiona los cuerpos y aunque un idilio se mantenga toda una vida, la muerte nos reclama mientras se mofa de la fragilidad de nuestra creación, sin embargo, en materia de amor, el fin lo dictamina usualmente el tiempo y los mismos humanos con sus caprichos, sus miedos o las pesadísimas lozas que les impiden madurar.

Aunque parezca contradictorio, Llámame por tu nombre no se centra exclusivamente en el enamoramiento, también están el amor fraternal-erótico que hay entre Elio y Marzia (Esther Garrel), el cariño cómplice, tierno, desgastado de los padres de Elio y el romance entre Oliver y una chica local; relaciones que impactan, nutren y se contraponen a la experiencia romántica de nuestros protagonistas. Es también la diversidad, la escala y la intensidad negativa-positiva de este cúmulo de relaciones, lo que me hace embelesarme con las posibilidades del amor. No existe una norma para los afectos, hay amores que nacen hoy, que se extinguirán mañana, pero que, de alguna manera u otra, vivirán en la memoria hasta la muerte.


Nota de la redacción: Este texto forma parte la Convocatoria de febrero escribe sobre tu película romántica favorita publicada en redes sociales de Fotogenia

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