Crítica

Crítica: Con ánimo de amar de Wong Kar-wai

El quizás es de los románticos

Por Axl Flores

Hay ciertos rasgos en el cine de Wong Kar-wai que lo hacen ver como un gran romántico, el constante uso de procesos como el ralentí y el undercrank mientras una bella melodía suena de fondo hablan de un cineasta que más que mirar a la realidad, busca acoplarla a su mundo, a la visión estética que tiene de él, en la que cada objeto tiene una razón de ser y adquiere una significación que en la cotidianidad tal vez perdería. Es por eso, que en su filmografía un cigarro a medio terminar o el número de una puerta nunca son solo eso, sino una suerte de clave en la que se esconde el secreto de una vida o la llave a una instancia futura.

Con ánimo de amar (2000), película situada a medio camino en la denominada trilogía del desamor —compuesta por Días salvajes (1990)y 2046 (2004), número que aparece en la puerta de un hotel en la película— es probablemente el mejor ejemplo para aquella premisa, en ella, a través de las vidas entrecruzadas de Su Li-Zhen (Maggie Cheung) y Chow Mo-Wan (Tony Leung), se narra una historia en la que el romance se ve condicionado por el «hubiera». Su Li-Zhen arrenda un departamento en Hong Kong para mudarse junto a su marido el señor Chang, ese día Chow también acude al lugar con el mismo objetivo, pero debe conformarse con arrendar en el departamento de a lado, desde ese momento Kar-wai irá cruzando a estos personajes, a veces en las reuniones de los vecinos, otras en los estrechos callejones hongkoneses.

Pero es ahí donde la maestría de Kar-wai emerge en todo su esplendor, pues a los primeros encuentros de estos dos personajes se le suma un cierto desinterés por retratar a sus parejas sentimentales, tanto el señor Chang como la señora Chon son casi fantasmales, al contrario de los bellos primeros planos que encuadran los rostros de los protagonistas. A través de la fotografía de Christopher Doyle, Mark Lee Ping Bin y Kwan Pun Leung se sugiere que las similitudes entre ellos, más que ser una simple coincidencia, son consecuencia de un estado emocional, una tristeza que se nota en los tiempos prolongados en soledad y dentro de las oficinas de sus trabajos. Desde un inicio la película parece estar construida para ellos dos y para unirlos hasta en las cuestiones más insólitas, pues pronto, ambos descubrirán que entre sus parejas existe una relación amorosa a escondidas.

Es en esa anomalía amorosa donde incide todo el ideal romántico de Kar-wai, pese a la suerte de triángulo que se podría resolver de forma melodramática, el director prefiere un mundo en el que los objetos pueden dar parte de las infidelidades y en donde un juego de papeles conquistador-conquistado entre Su y Chow puede hacer más llevadero el dolor que estas conllevan. La simulación del romance responde a una representación imaginaria de lo que probablemente sucedió entre los dos amantes, pero en un principio también a la negación del amor mismo, como si la complicidad entre dos sujetos respondiera a un plan de acción trazado con anterioridad, como si todo fuera consecuencia de vínculo artificial, por ejemplo, en un taxi Su rechaza tomarle la mano a Chow porque parece marcar el fin de aquella simulación.

«Pese a que la historia y las condiciones sociales de los personajes parezcan negar el romance sincero, es en su estética y a cada desplazamiento de cámara donde la película parece exaltarlo».

Hay varias paradojas en Con ánimo de amar, una de ellas es que, pese a que la historia y las condiciones sociales de los personajes parezcan negar el romance sincero, es en su estética y a cada desplazamiento de cámara donde la película parece exaltarlo, las secuencias a mitad de la lluvia o los paseos nocturnos acompañados por el Yumeji’s Theme de Shigeru Umebayashi son muestras de un discurso abierto a lo amoroso. Otra, es que ante la posibilidad que se les presenta a Su y Chow de entablar una verdadera connivencia, ambos deciden mantenerse en el terreno del «hubiera».

Cada uno de los protagonistas prefiere seguir ensayando esa suerte de coqueteo hasta el último momento, la ficción es en ese sentido una posibilidad para amarse, de inventarse un final, o tal vez de alargar este eternamente. En uno de los tantos leitmotiv de la cinta, resalta especialmente el de Quizás, quizás, quizás, en otro tipo de película tal vez pudiera parecer algo producto del azar, pero el cine de Kar-wai es todo menos improvisado, en esos momentos parece decir que para los románticos los grandes discursos amorosos se esconden detrás de un quizás.

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