Crítica

Crítica: Blanco de Verano de Rodrigo Ruiz Patterson

Crítica de la película «Blanco de Verano» de Rodrigo Ruiz Patterson.

La vorágine de la adolescencia

Por El Huitzo

Blanco de verano es una película de una superficialidad que no es aparente inmediatamente, pero que cuando se desentraña se hace más notoria. Dirigida por Rodrigo Ruiz Patteson, Blanco de Verano nos cuenta el día a día de Rodrigo, un adolescente que intenta lidiar, no sólo con la necesidad de rebeldía inherente a la pubertad, sino también con la nueva relación de su madre con un hombre por el que se siente desplazado. Todo esto, desde una soledad que a veces parece autoimpuesta y otras veces parece provocada por su entorno familiar y social.

La película trata de examinar distintos temas, desde complejos edípicos, angustia de clase, violencia emocional, masculinidad tóxica y, sobre todo, la dolorosa búsqueda de identidad en la vorágine que es la adolescencia en un contexto putrefacto. Pero, aunque malabarea con todo esto, nunca hace una reflexión real sobre ninguna de las cosas que plantea, lo único que hace es acercarse someramente y nada más, siempre con una especie de temor de explorar una profundidad que le dé tridimensionalidad a su historia y a sus personajes.

Sin embargo, estos siguen siendo temas suficientemente interesantes y ayudan a sostener la película, aunque muy precariamente, casi al borde del derrumbe. Visualmente la película cumple, rigurosamente hablando cuenta con la calidad que uno espera ya de las producciones del CCC, sin embargo, hay algo de «convencional» en su lenguaje, más que tener una idea propia, parece estar tomando prestado de diversas influencias que no terminan por cuajar.

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Tanto la cámara como el guion no parecen querer observar tanto como demostrar, y es en esta ambición que Blanco de Verano se pierde a menudo en sí misma, más interesada en llegar a un punto predeterminado que en encontrarlo.

«La película… nunca hace una reflexión real sobre ninguna de las cosas que plantea, lo único que hace es acercarse someramente y nada más, siempre con una especie de temor de explorar una profundidad que le dé tridimensionalidad a su historia y a sus personajes».

Sus personajes y sus dilemas no se sienten reales, lo cual no sería un problema si no fuera porque tampoco se sienten honestos, son reducidos a arquetipos que van cumpliendo puntos argumentales sin saber muy bien el porqué, más que por una decisión de la película.

Aún con todo esto, las actuaciones son donde la película brilla más, tanto Adrián Rossi como Sophie Alexander-Katz y Fabián Corres, hallan en sus personajes algo que va más allá de lo que la historia les impone, a menudo es en breves momentos de silencio y de reflexión donde la película encuentra sus puntos más fuertes, cuando se detiene para observar y dejarnos observar una vulnerabilidad agridulce en sus personajes, cierto abandono y mucha frustración. Dentro de todo Blanco de Verano no es una mala película, solamente es una película estéril, algo que, al final, no puede evitar sentirse como potencial desperdiciado.

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