Crítica

Crítica: Viva el amor de Tsai Ming-liang

Crítica de la película «Viva el amor» de Tsai Ming-liang.

Taipéi estaba enmohecida

Por Karina Solórzano

Viva el amor (Ai qing wan sui, 1994), como muchas de las películas de Tsai Ming-liang, es bastante dolorosa, la secuencia final con May Lin llorando y después fumando un cigarrillo, contiene —y hace estallar— la soledad y el silencio mostrados en los minutos anteriores. En la Taipéi de los 90’s, inundada de centros comerciales y restaurantes de comida rápida, el capital —por medio del trabajo— se ha apropiado no sólo del espacio público, sino también del deseo de los que la habitan.

May Lin, Hsiao-Kang y Ah-Jung coinciden en un departamento vacío, ofrecido en renta por May, agente inmobiliaria. Los tres ocupan el mismo sitio de manera clandestina, para May Lin y Ah-Jung funciona como un hotel de paso, sus encuentros sexuales suceden en las horas muertas después del trabajo o en las noches de ocio; para Hsiao-Kang es un lugar donde explora el erotismo en solitario. La soledad y el erotismo guían la película, los personajes descansan en una bañera o sobre una cama sin sábanas, se masturban a solas y besan sandías; sin embargo, para Tsai Ming-liang la intimidad no es un refugio. El título, que celebra al amor, muestra el sexo sin goce.

En Viva el amor, el proceso de occidentalización que se ponía en el centro de películas de la primera ola taiwanesa como Historia de Taipéi (Qingmei Zhuma, 1985) de Edward Yang parece haber generado una ciudad habitada por fantasmas, o por personas que solo logran establecer vínculos profundamente dolorosos, ¿occidente la llevó a eso? tal vez, tal vez en toda gran ciudad la soledad es inminente. Pero Tsai Ming-liang parece estar más interesado en eso a lo que Virginia Wolf llamaba «las mareas del cuerpo»: los afectos anímicos provocados por efectos del exterior. Viva el amor muestra una experiencia erótica que carece de goce y cómo en las grandes ciudades reina la incomunicación.

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«Tsai Ming-liang nunca ha renunciado a cierta luminosidad, cierta esperanza, aquí hay un llanto catártico, en Días (Rizi, 2020) una cajita de música».

Taipéi, entonces, se parece a esa casa enmohecida de Perros perdidos (Jiao you, 2013), prolongación temática de Viva el amor en la que, de nuevo, los desplazados del centro de la ciudad se preguntan «cuándo acabará el dolor de los sometidos del Imperio». Si no hay refugio en el espacio privado, no existe el hogar; por el contrario, un parque público contiene el llanto de May Lin en el final de la película, da igual llorar en público que en el departamento en renta. Como la humedad, la incomunicación se ha filtrado en todos los espacios.

Postulado así, Viva el amor parece una película dolorosa porque no hay refugios posibles y todo goce está perdido, sin embargo, ese llanto de May Lin puede leerse también como un acto catártico, las repeticiones automáticas de los tres personajes que van y vienen en el departamento vacío se interrumpen con la caminata por el parque de May Lin y esta quizá se trate de una de las pocas emociones realmente autónomas. Taipéi y sus habitantes parecen enmohecidos, pero me parece que Tsai Ming-liang nunca ha renunciado a cierta luminosidad, cierta esperanza, aquí hay un llanto catártico, en Días (Rizi, 2020) una cajita de música.

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