Crítica

Crítica: La virgen de agosto de Jonás Trueba

Crítica de la película «La virgen de agosto» de Jonás Trueba.

Retrato de una generación en crisis

Por Axl Flores

En una de las primeras escenas de La virgen de agosto (Jonás Trueba, 2019) se menciona el libro La búsqueda de la felicidad de Stanley Cavell, cuando Eva, la protagonista, se reúne con un amigo para observar un departamento en el que pasará sus vacaciones. En ese libro, Stanley Cavell define al cine como un arte en permanente estado filosófico por su capacidad inherentemente autorreflexiva. Por autorreflexivo Cavell no se refiere a la duda del cine sobre sus propios procesos, sino a la capacidad presente en géneros como la comedia (específicamente aquellas que llama de enredo matrimonial) para plantear en su especulación de lo común la representación gráfica de la conversación filosófica, es decir, aquella capacidad de tejer mediante el diálogo una duda sobre conceptos tan profundos como el problema del ser.

El análisis del filósofo estadounidense se centra específicamente en comedias producidas en su país en los 30´s y 40´s, pero la mención no es nada azarosa, pues, así como Cavell (a través de una cita del discurso El escolar americano de Emerson), en La virgen de agosto Trueba parece abrazar lo común y, aunque su estilo no responde inmediatamente a una filiación con la comedia norteamericana, sí lo hace a discursos como los de Éric Rohmer, cuyas películas parecen seguir esa línea de la «representación gráfica de la conversación filosófica».

Imagen de la película «La virgen de agosto».

Eva es una mujer que está a punto de cumplir 33 años y decide pasar el verano (específicamente la primera quincena de agosto) en Madrid, su ciudad natal y en la que nunca ha dejado de vivir; a través de visitas a museos, bares, encuentros con amistades, charlas con algunas cervezas de más y pases en el cineclub local se van presentando los malestares emocionales y tal vez espirituales de la joven interpretada por Itsaso Arana, quien además tiene crédito como guionista de la película. Es así, que las calles de Madrid adquieren una especial relevancia a través de las verbenas religiosas y del fenómeno conocido como «Las lágrimas de San Lorenzo», momento en el que se puede observar a cientos de Perseidas o estrellas fugaces pasar en el cielo y en el que la protagonista busca una revelación que le hable de su estado interior.

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Ya sea a través de mirar a las estrellas, hacer rituales de fertilidad o cantar Todavía de Soleá Morente en un concierto, la Eva de La virgen de agosto tiene la capacidad de relacionarse con su interior y con lo que la rodea a través de pequeños instantes en los que todo parece alinearse para su descubrimiento que está presente en varios personajes de Rohmer movidos por el azar, el tarot o un gran optimismo, especialmente como la tímida y dubitativa Délphine que llega a las lágrimas cuando presencia una puesta de sol en El rayo verde. Hay una secuencia en la que toda la incomodidad que Délphine transmitía en medio de la playa se presenta en Eva, quien en un picnic a orillas del río declara no sentirse como una persona de verdad y que posteriormente en una de las escenas más bellas de la película, logra encontrarse a sí misma en un simple chapuzón en el agua.

Imagen de la película «La virgen de agosto».

«Es el retrato de una generación a la deriva para la que lo trascendente puede encontrarse en aquellas largas pláticas sobre el sentido de la existencia o en un encuentro a mitad de la noche que termina en una nueva relación».

Sin embargo, lo más interesante de esa referencia a Rohmer es su funcionamiento. En un inicio aquella apropiación de lo rohmeriano parece una tergiversación casi superficial, con el uso de aquellas marcadas divisiones por días que parecen provenir de alguna publicación en una red social, pero después, es precisamente ese aspecto el que le brinda una cierta originalidad al discurso de Trueba y es que, antes de ser una película sobre la complejidad del amor, la maternidad, las relaciones afectivas, o incluso sobre el verano, es el retrato, y en esto la colaboración de Arana parece esencial, de una generación a la deriva (entre el freelancing, la incertidumbre profesional y emocional), para la que lo trascendente puede encontrarse en aquellas largas pláticas sobre el sentido de la existencia o en un encuentro a mitad de la noche que termina en una nueva relación.

Más que una impostada complejidad que presuma la pertenencia a una cierta herencia (y en eso se han equivocado decenas de los llamados rohmerianos), la importancia de los símbolos (religiosos y del azar) en La virgen de agosto está más enfocada en creer que existen y que pueden tener una significación en el interior de una persona, que en dar una explicación de la vida. Al final algo que comparten Trueba y Arana con Rohmer, y que solo parece haberlo entendido Brisseau, es el «amateurismo», ese que permite, como pregonan Cavell y Emerson, sentarse a los pies de lo sencillo.

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