Crítica

Crítica: En tránsito de Christian Petzold

«En tránsito» de Christian Petzold recrea la ocupación alemana de 1940 en una Marsella contemporánea y muestra cómo lo histórico permea en lo íntimo. En MUBI desde el 4 de julio.

Las relaciones amorosas en estado de excepción

Por Paulina Vázquez

“Cuando se escribe, hay que hacerlo de tal manera que

detrás de la desesperación surja la posibilidad de algo nuevo,

y detrás del hundimiento, el poder emerger”.

-Anna Seghers.

Se conoce como estado de excepción a la situación o medidas extraordinarias que se toman a juicio de un gobierno durante periodos de disturbio, en dichos momentos de incertidumbre pueden suspenderse o alterarse algunos derechos constitucionales. En tales circunstancias extremas, la prioridad inmediata de salvaguardar la vida afecta la manera en que se experimentan las emociones, que se desligan de toda convención. En el cine del director y guionista Christian Petzold, podemos encontrar, en mayor o menor medida, este estado límite como parte del contexto donde se desarrollan sus personajes, tal es el caso del filme En tránsito (Transit, 2018), inspirado en la novela homónima de la escritora alemana Anna Seghers publicada en 1944.

La historia se desarrolla en una contemporánea ciudad de Marsella, donde se recrea la ocupación alemana de 1940, planteando un escenario que no evoca un pasaje histórico, sino que apoya la trama para potenciar la atmósfera de tensión política y concentrar su atención en cómo esta altera la formación de vínculos afectivos. El amor en el cine de Petzold siempre tiene implicaciones políticas, sobre cómo las relaciones evolucionan en función de su situación inmediata y sus personajes fluyen según sucumben a sus deseos, a sus sentires.

Fotograma de la película "En tránsito" de Christian Petzold.

En Transit todo empieza con la encomienda de entregar un par de cartas a un escritor llamado Weidel, Georg (Franz Rogowski) acepta llevarlas bajo la promesa de escapar de una ciudad de París asediada. Eventualmente, las circunstancias lo llevan a adoptar la identidad del escritor, a quien encuentra muerto y con quien se le confunde a su llegada al consulado mexicano, donde este planeaba escapar con su esposa Marie (Paula Beer), que anteriormente lo había abandonado. Es así, como Georg aprovecha las ventajas que la situación política del escritor le otorgan, y se entera de que la mujer con la que se ha encontrado varias veces en la calle resulta ser la misma Marie, que vaga esperando la llegada de su esposo.

Desde el comienzo la sucesión de eventos se acompaña de la voz de un narrador omnisciente, esta peculiar manera de dirigir la narración dota al filme de una cualidad lírica. Esta estrategia, lejos de resultar ilustrativa, ayuda a profundizar en la emotividad de cada momento e incluso permite que la experiencia de mirar se torne en una lectura atemporal de la situación de cada personaje, que si bien en un contexto de normalidad podría llegar a ser cuestionable —como la arquitecta que da a entender que se ha deshecho de los perros que le salvaron la vida, o la relación amorosa que Marie sostiene con el doctor al mismo tiempo que busca a su marido—, en estas condiciones nos resulta perfectamente comprensible.

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La ambigüedad del relato se confunde con la fluidez de su narrativa, por lo que deja de ser necesario racionalizar sobre lo que vemos, en un estado de excepción emocional como aquel, los afectos se entretejen de manera aleatoria, como un rizoma salvaje que se nutre del otro para sobrevivir. El amor encuentra sus formas en la amistad que se forma entre un adulto y un niño que juegan fútbol, y en el anhelo de compañía que une a un doctor y una mujer, más un desconocido que se suma de pronto a la ecuación.

Fotograma de la película "En tránsito" de Christian Petzold, protagonizada por Paula Beer y Franz Rogowski.

«No importa quien olvide primero, ni quien abandone, o quien se quede con los recuerdos, bien sabemos que de una u otra forma, mientras más queremos olvidar, más está presente aquello que deseamos que desaparezca».

Petzold analiza en pantalla la fragilidad de la existencia, un día un departamento es el hogar de una madre y un hijo, al otro, es el refugio de una numerosa familia de inmigrantes. La sobriedad de las tomas nos describe a detalle la esencia evanescente de la realidad en la que viven y sienten sus personajes. Nos perdemos en las preguntas que Marie se hace: «¿quién olvida primero; el que abandona o el que es abandonado?».

La respuesta surge más tarde, cuando Marie finalmente aborda el barco en compañía del doctor al que Georg inexplicablemente le cedió su lugar, para, posteriormente, enterarnos que el barco se hundió y no encontraron sobrevivientes.  No importa quien olvide primero, ni quien abandone, o quien se quede con los recuerdos, bien sabemos que de una u otra forma, mientras más queremos olvidar, más está presente aquello que deseamos que desaparezca.

Es hasta el final que Petzold saca a relucir una de sus mejores cualidades, y es que por momentos el equívoco de sus imágenes nos hace dudar sobre la veracidad de lo que estamos viendo.  George, a pesar de saber del hundimiento, se sienta a esperar en la cafetería el regreso de Marie, mientras Marsella se inunda de policías, la campanilla de la puerta suena y alguien llega. ¿En verdad están ahí o fueron solo fantasmas entrando y saliendo de una cafetería?, o quizás, solo personas vinculándose y amando con los últimos y más genuinos rastros que tenían de humanidad.

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