Columnas

La mirada epistolar | Carta al lector

En esta columna, Paulina Vázquez reflexiona sobre el acto de escribir cartas y cómo estas son miradas a través del cine en películas como «MS Slavic 7» y «El sonido de la tierra al temblar».

Por Paulina Vázquez

A quien corresponda:

Querida(o) lectora(or), o cualquiera que sea el género con el que se identifica, o no; me acordé de usted porque recién termino de ver MS Slavic 7 (Sofia Bohdanowicz y Deragh Campbell, 2020) donde se aborda el rescate de las 25 cartas que los poetas polacos Zofia Bohdanowiczowa y Józef Wittlin intercambiaron después de ser desplazados de Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, y me parece pertinente compartir mis reflexiones con usted a través de la intimidad que permite un texto de esta naturaleza. Si por casualidad usted gusta del cine o de los asuntos relativos a las correspondencias, puede que mis letras sean de su interés y no esté escribiendo la presente en vano.

Desde hace ya algunos años me aferré a procurar la comunicación por cartas y sostener alguna que otra relación epistolar. Por supuesto —y como es de esperarse—, el éxito obtenido de estos intentos ha sido bastante modesto o en su defecto unilateral, pues es muy raro recibir respuestas escritas a mano o simplemente una respuesta. Esto sin mencionar la lentitud de la mensajería postal de nuestros tiempos, que ahora no considera prioritaria la entrega de cartas personales. Un paquete de cualquier artículo que se imagine puede llegarle en cuestión de horas y en el mejor de los casos un par de días, pero en mi experiencia, una carta puede demorar hasta meses en cruzar solamente la mitad de la ciudad. El último par que envié nunca llegó y la anterior a esa, llegó a su destino cuando ya no tenía sentido haberla enviado.

A veces las palabras que llegan en las cartas —con todo y sus sentimientos— son lo único que queda de uno mismo dentro de un tiempo suspendido, nuestro presente muy rara vez soporta la temporalidad escritural de las cartas y sus trayectos, pues hoy la vida corre más aprisa que cualquier cartero. Le escribo más que nada por necedad, ya que al hacerlo se nos permite tanto a usted como a mí, disfrutar de un instante anacrónico —aunque virtual— que espero sea menester de una pausa en su día y con algo de suerte se conserve en su memoria.

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En todos los filmes que usted pueda ver, hay siempre un lenguaje. Puede estar presentado en forma de imagen, de sonido y estos a su vez suelen conjugarse. Podrá encontrar también idiomas reales o inventados y muchas veces se ajustarán al suyo a través de traducciones en audio o con subtítulos. El filme buscará emitir su mensaje y ser recibido por usted. Llega un momento en que resulta peculiarmente interesante cuando el lenguaje toma la forma física de un mensaje impreso en un pedazo de papel en la pantalla y este sistema de signos causa —o no— efectos determinantes en los personajes de la historia.

No siempre se nos permite conocer el contenido de estas cartas, a veces solo se nos leen en voz en off como es el caso de Transit (2018) de Christian Petzold. Cuando Georg, interpretado por Franz Rogowski, encuentra en una carta una posibilidad para asegurar su futuro, y su destino lo lleva a suplantar la identidad de un escritor muerto.

Fotograma de la película Transit de Christian Petzold.

Sea como sea, leamos o no su contenido, el ejercicio de escribir una carta es significativo tanto en la realidad como en la ficción. Las cartas tienden un puente íntimo entre aquellos que mantienen una correspondencia, y al mismo tiempo se vuelven cómplices indiscutibles del destino. Primeramente, al escribirlas se convierten en herramientas de desahogo y brindan claridad de pensamiento. Lo que se disponga posteriormente con ellas marca el flujo de los acontecimientos, si bien se rompan, se guarden, se envíen, se pierdan, lleguen y por voluntad del destinatario nunca sean leídas, o ya leídas sean respondidas con el silencio; siempre conllevan una consecuencia, porque las cartas tienen la cualidad de tergiversar tanto el presente como el futuro.

Por otro lado, en el caso afortunado de una correspondencia sostenida y recíproca, quienes escriban encontrarán un espacio sin cuerpo donde pueden verter verdades desoladoras y por qué no, mentiras; es aquí donde uno (o los personajes) elige cultivar la confianza o dejar sus letras morir al tiempo. Pienso en el caso de los protagonistas de Blue Jay (2016) dirigida por Alexandre Lehmann. En este filme, Amanda (Sarah Paulson) y Jim (Mark Duplass), quienes fueron pareja en su juventud, se reencuentran después de muchos años. Sus vidas no resultaron ser como planearon en su adolescencia y solo hasta ese reencuentro Amanda encuentra una carta estancada que finalmente cumplió su ciclo al llegar a sus manos, develando las palabras sanadoras que en el pasado necesitaba escuchar de Jim y que llegaron probablemente demasiado tarde.

Fotograma de la película Blue Jay (2016) de Alexandre Lehmann.

Supongo que resulta casi obvio porqué hasta ahora y desde siempre las cartas han sido un instrumento tan socorrido por las(os) cineastas.  Las cartas son siempre monedas echadas al aire —cara o cruz, águila o sol—, a veces simplemente no caen y si caen a veces tampoco regresan. Está el caso de una carta perdida en El sonido de la tierra al temblar (O Som da Terra a Tremer, 1990) de Rita Azevedo Gomes, la más notable que hasta ahora he encontrado en un filme, en ella Luciano le escribe a una desconocida de la que se enamoró a primera vista. Con palabras frías su contenido puede parecer harto banal, hasta que uno recuerda las propias experiencias y se deja envolver por la potencia de la imagen que enmarca las palabras del mensaje. La carta más crudamente hermosa jamás escrita nunca fue leída por su destinatario, solo escuchamos la voz del sujeto que la encuentra y se adentra en la intimidad ajena confesada en papel azul cerúleo. No tendría ningún caso escribir la carta, porque considero que lo que la hace realmente conmovedora es justamente la voz que nos devela sin miramientos su contenido. Las palabras sueltas se unen en el aire con deseo perpetuo y desolado. «Quiero decir lo que siento y no sé qué decir…». Luego Luciano se adentra en el mar.

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Querido(a) lector(a), esta carta que le escribo no espera respuesta, puesto que está planteada para solo ser enviada sin más información del remitente que mi nombre propio. Sin embargo, le invito a escribirle una nota a quien le resulte de su agrado. Cuéntele cómo lloró al volver a ver ese filme que le recordó su infancia, o sobre aquel que le hizo enojar y perder su tiempo, o atrévase a invitarle a ver con usted cualquier cosa para que puedan compartir sus reflexiones al respecto.

Saludos cordiales y mis mejores deseos.

Atentamente:

Paulina Vázquez.

Fotograma de la película El sonido de la tierra al temblar de Rita Azevedo Gomes.

P. D. Le aconsejo que al escribir no tenga miedo. Escribir primero debe ser consuelo para uno y después el placer de los demás. Tómese las libertades poéticas del cineasta y explore esa emoción peligrosa que una carta le ofrece para enriquecer su propio arco dramático, para gozar en plenitud los colores que componen sus imágenes. Haga usted lo que considere mejor.

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