Crítica

Crítica: Carretera perdida de David Lynch

Crítica de «Carretera perdida» de David Lynch | Tan delirantemente ambiciosa como cualquier película de su director, «Lost Highway» llega al catálogo de la plataforma MUBI este 25 de septiembre.

El delirio impotente

Por César Mariano

El cine de David Lynch se ha caracterizado por estar dotado de atmósferas extrañas y perturbadoras, llenas de símbolos que han fascinado al público a través de los años, al grado de hacer de lo «lynchiano» un símil de categoría estética[1]. Sus imágenes parecen viajar arbitrariamente entre dos mundos —no necesariamente opuestos— divididos por un hilo tan frágil que cualquier mínimo movimiento puede vulnerarlo: el sueño y la realidad se manifiestan como enigmas de una existencia oscura y brutal, pero también, por momentos, compasiva; tenemos ahí el viaje emocional de Jeffrey Beaumont en Blue Velvet (1986) o la excentricidad y ternura de Lula y Sailor en Wild at Heart (1990). Existe entonces una dualidad que nos vemos confrontados a comprender, un misterio que comienza, pero quizá nunca termina (ahí todo Twin Peaks).

En ese sentido, Carretera perdida (Lost Highway, 1997) nos presenta el derrumbe mortal de la psique de Fred Madison (Bill Pullman), saxofonista de free jazz, quien en los primeros 40 minutos de la película es víctima de una serie de alteraciones que irrumpen inexplicablemente su vida. La primera, de orden interior, consiste en su incapacidad para satisfacer a Renee, su atractiva mujer (una maravillosa Patricia Arquette), en lo que deriva en visiones constantes de celos reprimidos. La segunda, de tipo exterior, involucra un extraño mensaje donde se le informa que «Dick Laurent está muerto» y varias cintas de video de lo que parece ser una presencia omnisciente espiándolo en la intimidad. Al final, en una de ellas, se ve a sí mismo —como si de una premonición se tratara— en un estado psicótico, junto a su esposa asesinada; acto seguido, lo vemos enfrentar las consecuencias del crimen y ser condenado a muerte. Como Madison, nos sentimos consternados: ¿es realmente víctima de fuerzas desconocidas que se han confabulado en su contra —existe la sugerencia de que es el Hombre Misterioso (un terrorífico Robert Blake quien protagoniza la que sea quizá la más escalofriante escena de la cinta), quien está detrás de toda esa pesadilla— o su desgracia oculta ambigüedades inimaginables?

Fotograma de la película "Lost Highway" de David Lynch.

Ya en la cárcel, Fred desaparece y en su lugar lo sustituye un joven y aturdido Pete Dayton (Balthazar Getty) —que no tiene idea de cómo ha llegado ahí—; el enigma solo se amplifica. Pete, aún consternado, regresa a casa de sus padres y, después de unos días, también al taller mecánico donde trabaja. Contrario a Fred, aún confundido y sin poder recordar nada, Pete es alguien mucho más realizado, hace lo que quiere, es atractivo y popular, tiene el cariño y respeto de sus congéneres, incluyendo a Mr. Eddy, un mafioso que le confía el servicio de sus autos y por quien conoce a Alice Walkfield, su amante y actriz de películas porno (interpretada una vez más por Patricia Arquette, ahora en cabellera rubia) la cual, sin él decir una sola palabra, se siente inmediatamente atraída por él y, pese al peligro que involucra su unión, decide iniciar una aventura.

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Con estos elementos, Lynch construye un thriller que se inscribe dentro del neo noir donde violencia, sexo y horror permiten entender a Fred y Pete como dos caras de la misma moneda, a saber, la de una imaginación perturbada, pues indulgente y autocompasiva, su fantasía es una negación de sus incapacidades. Sin embargo, a pesar de que tanto Renee como Alice son vistas a través de esa mirada masculina del deseo, aquí su representación de la femme fatale, inocente y despiadada al mismo tiempo, termina por colocarnos frente a una figura desdibujada, precisamente por la imposibilidad que tienen ellos de poseerla[2]. De esta manera, lo sexual se presenta como un anhelo tortuoso. Fred, ante su impotencia, reimagina otra vida, ahí donde puede suplir y dar placer, pero sin que ello le sea suficiente ya que, aún en la piel de Pete, Alice se va haciendo cada vez más inaccesible, sus pretensiones y pensamientos son otros, lejos de la esfera de sí donde él creía contenerla, revelando de esta forma las contrariedades que el choque de simulacro —sin que este obligatoriamente sea falso— y realidad desprenden.

Fotograma de la película "Carretera Perdida" de David Lynch.

«Lo que Lynch trata de decirnos, conforme va avanzando el filme, es que más que una fantasía idealista, los sueños son el espacio de un terror absoluto».

En algún momento, a propósito de las cintas de video que ha estado recibiendo y ante el cuestionamiento de un par de detectives incompetentes sobre el caso, Fred revela su aversión hacia las videocámaras pues, según argumenta, le gusta recordar las cosas a su manera, «no necesariamente de la forma en que sucedieron». Si bien esto puede dar pie a una variedad de reflexiones sobre la impronta cinematográfica —no por nada la película se desarrolla en Los Ángeles y sería el primer acercamiento del director al mundo precario y sombrío de Hollywood, que llegaría al extremo en Mullholland Drive (2001) e Inland Empire (2006)—, lo que Lynch trata de decirnos, conforme va avanzando el filme, es que más que una fantasía idealista, los sueños son el espacio de un terror absoluto. Renee o Alice, Fred o Pete, todos son uno y lo mismo, espectros de un viaje sin rumbo, perdidos en una noche eterna y lóbrega, atrapados en un ciclo perpetuo del que no hay escapatoria, porque el de la impotencia es un viaje sin retorno, urdido en las entrañas de un delirio oscuro que es como un grito sin respuesta en medio de la inconsolable soledad de lo imposible.


[1] Por supuesto, el concepto ha llegado a ser banalizado por su constante mal uso, ya que cualquier pieza que contenga elementos extraños o indescifrables se le ha hecho pasar por lynchiana, pese a que esté muy lejos de lo que, en esencia, el director estadounidense ha hecho con su obra. Foster Wallace lo definía como «un tipo particular de ironía donde lo muy macabro y lo muy rutinario se combinan de tal forma que revelan que lo uno está perpetuamente contenido en lo otro». Para un análisis más extenso del trabajo de Lynch y en particular de Lost Highway véase Foster Wallace, D. (2019). “David Lynch conserva la cabeza” en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (pp. 177-250) segunda edición. España: Penguin Random House.

[2] Es lo mismo que sucede con Laura Palmer en Twin Peaks. Su historia, en la serie y en la película, desenmascara la profunda inhabilidad de todo un pueblo de zanjar el enigma de su muerte.

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