Columnas

Dos reflexiones sobre el tiempo | «The Night» de Tsai Ming-liang y «Querida Chantal» de Nicolás Pereda

«The Night» de Tsai Ming-liang y «Querida Chantal» de Nicolás Pereda, cortometrajes presentados en la quinta edición del Festival Black Canvas, dialogan a través de tramas muy sencillas sobre el tiempo y cómo nos afecta.

Por César Mariano

Este texto trata de dilucidar las inquietudes que se desprenden de los más recientes trabajos de Tsai Ming-liang y Nicolás Pereda, presentados en la pasada edición del festival Black Canvas.

«…algo de una dicha perdida que no puede encontrarse más;

pero también algo de nuestra vida activa cotidiana,

de sus pequeñas alegrías, incomprensibles y, sin embargo,

incontenibles e imposibles de obliterar».

-Franz Kafka

Como a la gran mayoría de quienes admiran y siguen su obra, el descubrimiento del cine de Tsai Ming-liang ha sido para mí una revelación. No solo por el cuidado y paciencia de esos planos distendidos, tiernos y arrebatadores que se constituyen como retratos del desasosiego de la vida moderna al mostrar cuerpos azotados por el deseo, la soledad y un ansia frustrada de cercanía, sino también por ese abrumador mosaico del tiempo que, junto a Lee Kang-sheng, su habitual protagonista, ha construido desde Boys (1991) hasta Días (2020). Casi 30 años de una de las colaboraciones más prolificas y enigmáticas de las que el cine reciente tenga memoria, una evolución que ha seguido de cerca no solo al personaje si no al actor, atravesado en sus dolores y anhelos.

En Días vemos el rostro de Kang envejecido, cansado, mas no furibundo. Aún lo atraviesan esos afanes que lo perseguían en Viva el amor (1994)o El río (1997) —particularmente ese extraño malestar del cuello que, como un mal augurio, regresa después de tantos años—. Su encuentro efímero en Bangkok con Non, un trabajador sexual, y su posterior separación, parece decirnos que, ante el rostro del dolor, solo queda la ilusión del placer. La añoranza no ha sido satisfecha, más bien parece multiplicarse. Y así se hace evidente cuando, en la escena final, Non, sentado a media calle, entre el mundanal ruido de la ciudad, reproduce con nostalgia la melodía de una caja musical que Kang, en un gesto tierno le ha regalado. Y es a partir de ahí que parece continuar The Night (Liang ye bu neng liu, 2021), el más reciente cortometraje del director taiwanés, estrenado en el pasado festival de Venecia. 

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Tal como lo menciona Axl Flores en su ensayo introductorio a la obra de Ming-liang, sus últimas películas parecen darnos la sensación de un final, de un cierre quizá prolongado. Así, The Night se siente como un epílogo, sin el eterno rostro de Lee Kang-Sheng, pero evocando esa vista caótica y a la vez serena de la ciudad que nos mostró en Walker (2012)—donde su actor fetiche interpretaba a un monje budista que, impertérrito, caminaba con extrema lentitud en medio de laacelerada urbe—. El autor de Perros perdidos (2013) nos deja entrar a la noche de Causeway Bay, en Hong Kong, ya sin protagonistas ni historia, solo la metrópoli en su decadente esplendor. Los primeros planos parecen simplemente manifestar la espera tediosa e inevitable inherente a las zonas conurbadas, pero pronto esa mirada parsimoniosa descubre un resquicio, una grieta en el ordinario esquema de la realidad.

Fotograma del cortometraje "The Night" de Tsai Ming-liang

Hacia el final, una dulce voz canta: «La hermosa noche se desvanece. Odio verte partir. ¿Por qué nuestra dicha debe terminar tan pronto? ¿Por qué debemos separarnos cuando recién comenzamos?». Descubrimos entonces que nos encontramos frente a una confrontación, un destello de luz y desdicha surgido en la noche de un pensamiento solitario. La inevitable evidencia de que los días pasan y nos azotan como a flores rotas, expuestas a la corriente de un viento cruel e intempestivo que no repara en nuestros pétalos dañados, en nuestras hojas secas; descubiertos en la inconsolable certeza de que un día, sin más, desapareceremos, y el tiempo no detendrá su marcha.

Si esa contemplación es lo único que nos queda, entonces habrá que replantear nuestros caminos, reimaginar sus posibilidades. Eso mismo hace Nicolás Pereda quien, a su modo, también es discípulo de Tsai —basta ver Minotauro (2015)— en Querida Chantal (2021), cortometraje que forma parte del proyecto audiovisual encomendado por Garbiñe Ortega Las cartas que no fueron, también son, en el que se plantea la comunicación imposible entre el director mexicano y la gran desaparecida del cine —como algunos la han llamado— Chantal Akerman.

Fotograma del cortometraje "Querida Chantal" de Nicolás Pereda.

«Con estos trabajos, Ming-Liang y Pereda nos ofrecen dos miradas fascinantes sobre el tiempo. Mientras que el primero parece percibir el futuro con empeño melancólico, el segundo reconstruye un pasado que jamás fue y en nosotros queda la sensación de un cierre pero también de una esperanza que se renueva».

La carta es sencilla. Pereda funge como intermediario entre su hermana pintora que alquila su casa en Coyoacán y la extraordinaria realizadora belga que quiere rentarla. Pereda responde sus preguntas —que nosotros solo podemos intuir— y hace otras tantas, evocando un tiempo perdido y resignificado. Como si el cine, ese artilugio de luz y sueños, pudiera reescribirnos, recuperar lo perdido o lo que nunca fue; reimaginar el asombro hacia las personas que admiramos en secreto y nunca tuvimos la oportunidad de tenderles una mano, darles una palabra de afecto o saludarles aunque fuera a la distancia, como si con ello construyéramos un puente imperecedero en medio del flujo incierto de nuestra vida. 

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Pereda, al igual que Ming-liang, prescinde aquí de sus colaboradores habituales, el colectivo Lagartijas tiradas al sol, encabezado por el siempre brillante Lázaro Gabino Rodríguez. Pero si el realizador taiwanés parece continuar y profundizar su obra, Pereda se aleja —tal como era requerimiento para la realización de los cortometrajes del proyecto— de su estilo sosegado y pasivo, aunque sin dejar de mostrar a la realidad como un eslabón frágil, susceptible de alteraciones, donde el recuerdo de Akerman pueda sobrevivirnos un poco más, trascender su ausencia de este mundo y ofrecernos, para quienes ya la conocemos, un reencuentro inesperado, y para quienes no, el descubrimiento de su lasitud sensible y solitaria.

Con estos trabajos, Ming-Liang y Pereda nos ofrecen dos miradas fascinantes sobre el tiempo. Mientras que el primero parece percibir el futuro con empeño melancólico, el segundo reconstruye un pasado que jamás fue y en nosotros queda la sensación de un cierre pero también de una esperanza que se renueva, mientras que eso a lo que llamamos vida, nos pasa.  

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