Crítica

Crítica: Hasta los huesos de Luca Guadagnino

Crítica de «Hasta los huesos» de Luca Guadagnino | En su nueva película Guadagnino combina el toque terrorífico presente en «Suspiria: el maligno» con la visión adolescente de «Llámame por tu nombre» o la serie «We Are Who We Are».

La humanidad de los monstruos

Por Mauricio Guerrero Martínez

Los desahuciados, olvidados y marginados han sido una fascinación recurrente para la mente creativa y una figura trascendental en la construcción de identidades que, de una u otra forma, no se adaptan al modelo estandarizado de la sociedad. Estos seres, propensos a ser víctimas o victimarios, son los que, ya sea por razones culturales, sociales, políticas o hasta económicas, se ven orillados a la supervivencia más que a la digna y sana convivencia con la sociedad que les acoge. En ese sentido, la búsqueda de pertenencia del otro, del raro, del freak es, en muchos casos, una búsqueda de identidad propia.

En Hasta los huesos (2022), Luca Guadagnino combina el toque terrorífico presente en Suspiria: el maligno (2018) con la visión adolescente de Llámame por tu nombre (2017) o la serie We Are Who We Are (2020) para presentarnos a Maren (Taylor Russell), una adolescente de 18 años que ha sido abandonada por su padre luego de que tuviera un episodio caníbal que los obligó a huir del pueblo sureño en el que se encontraban.

Fotograma de la película «Hasta los huesos» de Luca Guadagnino.

Lanzada a su suerte, Maren decide buscar a su madre, quien la abandonó cuando era pequeña, pero en el camino conoce a Sully (Mark Rylance), un viejo caníbal que le enseña a reconocer a otros como ellos, y principalmente a Lee (Timothée Chalamet), un joven a quien descubre como parte de los suyos por su aroma. Entre Maren y Lee surge un vínculo especial, no motivado por el romance, sino por la lucha que ambos enfrentan contra sus bajos instintos, pues no comen personas por gusto sino por una necesidad que, cuando está cubierta, los deja vivir vidas normales.

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Así, Maren y Lee comparten un código moral que a cada paso los hace cuestionar sus decisiones, lo que los convierte en una suerte de antihéroes adolescentes que Guadagnino explora con ternura y amor. Al igual que Fraser y Caitlin/Harper en We Are Who We Are o Elio y Oliver en la exitosa película que lanzó a la fama a Timothée Chalamet, Lee y Maren tienen que existir en un mundo que los considera antinaturales. Si los jóvenes ítaloamericanos de Guadanigno eran marginados por su identidad sexual (tanto en la serie como en la mencionada cinta), los monstruos caníbales de este director lo son también por algo con lo que han nacido: su apetito voraz.

De entre los mejores aportes que este largometraje agrega a la obra del cineasta se encuentra la actriz Taylor Russell, quien además de haber actuado en cintas de terror con anterioridad (Escape Room), también la hemos visto incursionar en un drama de introspección y búsqueda como Las Olas (2019) de Trey Edward Schults, por lo que su elección para esta cinta no hace más que afianzar las inquietudes que desde la idea de la película se van entendiendo.

Sin embargo, Hasta los huesos no es solo una cinta de caníbales y pulsiones del inconsciente en una naturaleza humana retorcida, sino una historia de amor y búsqueda de identidad enmarcada en el Estados Unidos más rural, por lo que no resulta gratuito que, en su origen, estos caníbales sean concebidos como lo que ciertos tropos de la sociología llaman red necks, personas de clases marginadas ubicadas, sobre todo, al sur de EU.

Fotograma de la película «Hasta los huesos» de Luca Guadagnino.

«Guadagnino nos muestra la necesidad del monstruo de ser amado en lugar de odiado, de ser entendido en lugar de marginado y nos hace preguntarnos si lo que nos es diferente nos afecta o solo nos incomoda».

Influenciado por las maravillosas postales sureñas de la fotografía de William Eggleston y el performance antiamérica de Joseph Beuys, Guadagnino compone una historia donde los marginados solo buscan ser amados. Maren, por su madre; Lee, por su hermana y el viejo Sully por cualquier otro ser como él. Resulta curioso que, en un momento de la cinta, Sully, el más experimentado de todos los caníbales, pierda toda su experiencia al mostrarse vulnerable y terminar por complicar la vida que de los dos jóvenes habían logrado conseguir acompañándose el uno al otro.

Con esto, Guadagnino nos muestra la necesidad del monstruo de ser amado en lugar de odiado, de ser entendido en lugar de marginado y nos hace preguntarnos si lo que nos es diferente nos afecta o solo nos incomoda. Como si se tratara de Bonnie y Clyde, o de Kit y Holly de Badlands o incluso de Micky y Mallory de Asesinos por naturaleza, la humanidad de los monstruos criminales de Guadagnino nos hace empatizar con sus anhelos, sus vacíos y sus preocupaciones éticas, lo que nos lleva a entender que en el fondo lo único que buscan es un lugar seguro en el mundo.

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